El Salmo 8 captura ese instante de asombro nocturno cuando levantamos la vista al cielo estrellado y nos preguntamos: ¿Qué somos nosotros en medio de todo esto?
El salmista comienza y termina con la misma exclamación: "¡Oh Señor, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!" Es como si las palabras fueran insuficientes para contener la emoción, necesitando regresar al mismo punto de partida después de un viaje interior profundo. Entre estos dos gritos de admiración, se despliega una reflexión que sigue siendo devastadoramente relevante miles de años después.
La pregunta central es desconcertante: "¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?" Cuando consideramos las dimensiones del cosmos las galaxias que se extienden más allá de nuestra comprensión, las distancias que se miden en años luz, la edad incomprensible del universo esta pregunta se vuelve aún más penetrante. Somos seres efímeros en un planeta diminuto, orbitando una estrella promedio entre billones de estrellas. ¿Por qué habríamos de importar?
Pero aquí es donde el salmo ejecuta un giro inesperado y hermoso. En lugar de concluir en nuestra insignificancia, el salmista declara que hemos sido hechos "poco menos que los ángeles" y coronados de gloria y honra. Esta es una paradoja profunda: somos simultáneamente polvo cósmico y portadores de dignidad trascendente.
Lo analítico del salmo radica en su estructura. Primero establece la grandeza de la creación divina los cielos, la luna, las estrellas para luego contrastar con la aparente pequeñez humana. Pero esa pequeñez no es la conclusión; es el punto medio de una revelación más grande. La humanidad ha sido puesta como administradora de la creación: "Todo lo pusiste debajo de sus pies". Esta no es una invitación al dominio destructivo, sino un llamado a la mayoría de edad responsable.
Desde una perspectiva cristiana no dogmática, este salmo resuena con una visión de la humanidad que reconoce tanto nuestra fragilidad como nuestro potencial. No somos dioses, pero tampoco somos accidentes sin significado. Existimos en un espacio sagrado entre el polvo y las estrellas, llamados a cuidar lo que nos ha sido confiado.
Emocionalmente, el Salmo 8 ofrece consuelo en momentos de crisis existencial. Cuando nos sentimos perdidos o sin valor, nos recuerda que hay una dignidad inherente en nuestra existencia, un propósito tejido en el mismo acto de estar vivos. Y cuando nos tentamos hacia la arrogancia, nos recuerda que esa dignidad es un regalo, no un logro, algo que debe inspirar humildad y gratitud simultáneamente.
El Salmo 8 representa una de las meditaciones más profundas y conmovedoras sobre la condición humana que nos ha legado la tradición bíblica. Atribuido al rey David, este poema breve pero intenso captura un momento de asombro existencial: un ser humano que, contemplando la inmensidad del universo nocturno, se pregunta por su propio lugar en la creación.
El salmo termina donde comenzó: "¡Oh Señor, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!" Pero ya no leemos esta exclamación de la misma manera. Hemos hecho un viaje. Hemos experimentado el vértigo, la pregunta existencial, el asombro ante nuestra propia dignidad paradójica.
Ahora, cuando repetimos esas palabras, las decimos no desde la ignorancia de quiénes somos, sino desde la asombrada aceptación de nuestro misterio. Somos pequeños y grandes, mortales y tocados por lo eterno, criaturas que caen y se levantan, que destruyen y crean, que dudan y creen.
El nombre glorioso en toda la tierra no es glorioso porque nos haga sentir importantes. Es glorioso porque, de alguna manera que no terminamos de comprender, nos da un lugar - un pequeño, precioso, responsable lugar - en el vasto tapiz de la existencia.
Y quizás, al final, eso es suficiente. No necesitamos ser el centro del universo. Solo necesitamos saber que nuestras vidas, breves como meteoros en la noche cósmica, no son absurdas. Que alguien - algo - "tiene memoria" de nosotros. Que somos vistos, conocidos, amados, incluso en nuestra pequeñez.
Esa es la esperanza radical del Salmo 8: no que seamos grandes, sino que nuestra pequeñez no es el final de la historia.
El Salmo 8, en apenas nueve versículos, logra lo que bibliotecas enteras de filosofía a veces no consiguen: capturar la verdad emocional de ser humano. No nos da respuestas fáciles. Nos da algo mejor: nos da permiso para sostener la pregunta, para vivir en la tensión, para ser simultáneamente humildes y dignos, pequeños y extraordinarios.
Y nos invita a contemplar el cielo nocturno no con desesperación sino con asombro, sabiendo que somos parte de algo inconmensurablemente más grande que nosotros mismos, y que, misteriosamente, eso nos hace no menos sino más plenamente humanos.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios