La dulce esclavitud matrimonial


Por: Ricardo Abud

Entonces, perteneces a esa clase de la población que, con la esperanza de una vida sexual plena, sacrificó su libertad y sus ilusiones. Los llamados hombres casados. 

Bienvenido al club más exclusivo y masoquista del planeta, donde la cuota de membresía incluye tu dignidad, tu cuenta bancaria y esa extraña habilidad que tenías para tomar decisiones propias.

Recuerdo cuando eras joven e ingenuo, cuando creías que el matrimonio era como en las películas: largas noches de pasión, desayunos románticos y conversaciones profundas bajo las estrellas. Qué tiempos aquellos en los que no sabías que "¿cómo estuvo tu día, cariño?" se convertiría en un monólogo de cuarenta y cinco minutos sobre por qué la vecina es una arpía, por qué el supermercado cambió de lugar los yogures y por qué tú, obviamente, eres el culpable de todo lo anterior.

La vida sexual plena que esperabas ahora tiene horarios más estrictos que un banco suizo. Los martes están descartados porque hay que ver esa serie coreana donde todos lloran y nadie entiende por qué. Los miércoles no porque "tengo dolor de cabeza", pero curiosamente ese mismo dolor desaparece mágicamente cuando hay que ir de compras el sábado. Los jueves tampoco porque mañana hay que madrugar, aunque madrugar sea a las nueve de la mañana para desayunar con las amigas y comentar lo poco que sus maridos las entienden.

Tu libertad ahora es un concepto tan abstracto como la física cuántica. ¿Salir con los amigos? Solo si prometes estar de vuelta antes de las diez, llamar cada hora y jurar por todos los santos que no mirarás a ninguna mujer, ni siquiera a la ancianita que vende dulces en la esquina. Porque esa ancianita, según tu esposa, "tiene algo raro en los ojos" que claramente indica intenciones lujuriosas hacia tu irresistible persona.

Las ilusiones se fueron por el desagüe junto con tu dinero el primer día que fuiste al supermercado como hombre casado. Descubriste que una mujer puede necesitar diecisiete tipos diferentes de champú para el mismo tipo de cabello, que el papel higiénico más caro del mundo es una inversión necesaria para la felicidad conyugal, y que las cremas faciales cuestan más que tu primer auto pero son "absolutamente indispensables" para mantener esa juventud que, seamos honestos, ya se fue hace años.

El televisor ya no es tuyo. Es un objeto decorativo que ocasionalmente transmite telenovelas turcas y programas de cocina donde gente muy feliz prepara platos que tú nunca probarás porque "tienen muchas calorías". El fútbol se ve de pie, en silencio, con auriculares, mientras finges interés en la conversación telefónica de dos horas que tu esposa mantiene con su hermana sobre la crisis existencial del gato de la vecina.

Tu ropa ahora tiene un código de vestimenta que cambia según el humor atmosférico de tu cónyuge. Esa camisa que te encanta y que usaste en tu primera cita ahora "te hace ver como un vendedor de seguros desesperado". Los pantalones que considerabas cómodos ahora "gritan mediocridad masculina". Tu guardarropa se ha convertido en un misterioso laberinto donde cada prenda viene con una historia de por qué no deberías usarla y por qué, definitivamente, necesitas ir de compras. Otra vez.

Los fines de semana, esos preciados días de descanso que soñabas dedicar a no hacer absolutamente nada productivo, ahora tienen una agenda más apretada que la de un ministro en campaña electoral. Hay que visitar a los suegros (que aún se preguntan qué vio su hija en ti), ir al centro comercial a caminar sin rumbo fijo durante cuatro horas mientras tu esposa "solo mira" tiendas, y por supuesto, el ritual sagrado de acompañarla a almorzar con sus amigas, donde tú eres el único representante del género masculino y por lo tanto, responsable de todos los crímenes cometidos por hombres desde el neolítico.

La cuenta bancaria, ese número que antes representaba tu esfuerzo y capacidad de ahorro, ahora es un concepto tan volátil como el precio del petróleo. Aparecen gastos misteriosos: "cosas para la casa" que nunca sabes qué son pero que aparentemente son vitales para la supervivencia familiar. Tu esposa desarrolla una habilidad sobrenatural para encontrar ofertas que te cuestan el doble de lo que pensabas gastar y para explicar con lógica aplastante por qué necesita urgentemente ese décimo par de zapatos negros que "son completamente diferentes a los otros nueve".

Pero lo más fascinante de todo este fenómeno es que sigues ahí, sonriendo como un idiota cuando alguien te pregunta qué tal el matrimonio. "Muy bien", respondes, mientras por dentro calculas cuántos años te quedan de condena... perdón, de felicidad conyugal. Porque en el fondo, muy en el fondo, sabes que elegiste esta hermosa locura, esta dulce esclavitud, este masoquismo socialmente aceptado que llamamos matrimonio.

Y aquí estás, leyendo esto y riéndote, porque reconoces cada palabra, cada situación, cada momento de esta hilarante tragedia que es ser un hombre casado. Bienvenido al club, hermano. Las reuniones son los domingos, cuando fingimos ver deportes mientras nuestras esposas deciden qué vamos a hacer con nuestras vidas.

Al menos ya no tienes que preocuparte por tomar decisiones. Esa libertad también se fue, pero hey, piensa en todo el tiempo que ahorras no teniendo que elegir qué ponerte, dónde comer o cómo gastar tu dinero. Es eficiencia pura, optimización existencial. Eres un hombre liberado de la pesada carga de la autonomía personal.

Y lo mejor de todo es que cuando tus amigos solteros te cuentan sus problemas románticos, tú puedes sonreír con la sabiduría superior del hombre casado y decir: "Al menos yo tengo estabilidad". Claro, es la estabilidad del Titanic después de chocar con el iceberg, pero estabilidad al fin y al cabo.


Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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