Hay música que no es solo entretenimiento, sino el pulso de una época, el latido colectivo de un pueblo. La Fania All Stars fue exactamente eso: la columna vertebral sonora de millones de latinoamericanos que encontraron en la salsa brava una forma de existir, de resistir, de gritar su identidad desde los barrios del Bronx hasta las plazas de Cali, de Caracas, de todo el continente. Pero ese olimpo musical se ha ido vaciando, lentamente, con una crueldad que duele más a medida que pasan los años. Uno a uno, los colosos de ese universo han partido, y con cada partida se lleva un pedazo irreemplazable de nuestra historia.
La historia comienza en 1964, cuando el dominicano Johnny Pacheco y el abogado ítalo-americano Jerry Masucci fundaron Fania Records en Nueva York, un sello que tomaría su nombre de una antigua canción cubana. Cuatro años después, en 1968, Pacheco tuvo la visión de reunir a todos sus artistas en un supergrupo, el sueño de las "Estrellas de Fania", que debutó en el Red Garter y que luego crecería hasta transformar el mundo de la música latina. El legendario concierto del Club Cheetah en 1971 quedaría inmortalizado en celuloide y vinilo. Dos años después, ante 50.000 espectadores en el Yankee Stadium, aquello ya no era un sello discográfico sino un movimiento sociocultural que definía qué significaba ser latino en el mundo moderno.
La Fania All Stars no fue un grupo musical en el sentido convencional. Fue un movimiento, una declaración de existencia, la voz colectiva de millones de latinoamericanos que habitaban los márgenes de una ciudad que muchas veces no quería escucharlos. Nació en los años sesenta desde el corazón del Bronx, desde la pobreza creativa y la dignidad inquebrantable de los inmigrantes caribeños, y se convirtió en algo que ninguno de sus fundadores pudo haber imaginado del todo: un fenómeno global que tendió puentes entre el latino de Nueva York y el obrero de Cali, entre el cubano del exilio y el barranquillero en su barrio, entre el boricua sin papeles y el venezolano con su radio encendida a medianoche.
La vida te regala momentos que uno no elige recordar. Simplemente se quedan, grabados en algún lugar del cuerpo que no es exactamente la memoria sino algo más profundo, más animal. Para mí, uno de esos momentos fue la noche que entré al Madison Square Garden y la Fania All Stars me golpeó en el pecho con toda su fuerza. No era sólo música lo que salía de ese escenario. Era algo que se sentía en los pulmones, en las rodillas, en la nuca. Era la salsa brava en su estado más puro, más feroz, más honesto.
Éramos miles adentro, y sin embargo cada uno de nosotros sentía que esa noche era suya. Así era el poder de aquella orquesta de gigantes. Ponían a vibrar el aire de una manera que yo nunca había experimentado antes y que, siendo sincero, nunca he vuelto a experimentar de la misma forma. Había en ese escenario una concentración de talento, de vida vivida, de barrio y de calle, que resulta imposible de fabricar. Esas cosas no se construyen en un estudio ni se planean en una reunión de ejecutivos. Esas cosas ocurren una vez, en un momento preciso de la historia, y si uno tiene la suerte de estar ahí, lo lleva consigo para siempre.
Su música era brava precisamente porque venía de un lugar bravo. No había nada suavizado ni complaciente en aquella salsa. Los trombones sonaban amenazantes y elegantes al mismo tiempo. Las congas hablaban un lenguaje que el cuerpo entendía antes que la mente. Las voces eran voces de gente que había sufrido de verdad, que conocía el sabor amargo del desarraigo y lo convertía en canción sin pedirle permiso a nadie. Esa autenticidad era irrepetible, y yo la sentí aquella noche en el Madison con una claridad que todavía me sorprende cuando la recuerdo.
Con los años, sin embargo, he aprendido que toda época dorada tiene su crepúsculo. Y el de la Fania ha sido uno largo, doloroso, que avanza con una cadencia que se parece demasiado al duelo. Poco a poco, como si el tiempo quisiera desmantelar aquel olimpo figura por figura, los grandes han ido partiendo. Cada cierto tiempo llega una noticia que detiene el día, que obliga a poner un disco viejo y a quedarse quieto escuchando, pensando en todo lo que esas voces y esos instrumentos significaron. Y cada vez que ocurre, siento que se va un pedazo de algo que ya no se puede recuperar, un pedazo de aquella noche en el Madison, un pedazo de mi propia juventud.
Lo que más duele no es la muerte en sí, que es ley de vida y no discrimina a nadie. Lo que duele es la conciencia de que ese mundo no va a volver. Que la combinación exacta de circunstancias históricas, sociales y humanas que hizo posible la Fania All Stars fue única e irrepetible. Que ningún revival, ningún homenaje, ninguna antología bien producida puede restituir lo que había en ese escenario cuando todos ellos estaban vivos y en plenitud, cuando la salsa todavía tenía esa arrogancia hermosa de quien sabe que está inventando algo nuevo.
Pero los dioses también mueren, Jerry Masucci, Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Ray Barreto, Pete El Conde" Rodríguez, Mongo Santamaria, Celia Cruz, Yomo Toro, Cheo Feliciano, Ismael Quintana, Johnny Pacheco, Larry Harlow, hace pocos días el gran Willie Colón, por nombrar algunos.
Hoy quedan vivos algunos de los que sobrevivieron ese vendaval: Ismael Miranda, Adalberto Santiago, Bobby Cruz, Rubén Blades, Bobby Valentín. Cada vez menos. Cada vez más solos sobre el escenario de la historia.
Pero hay algo que ninguna muerte puede borrar: los surcos de un vinilo no se mueren. Mientras exista alguien que ponga "Periódico de Ayer", que escuche la trompeta de Héctor "Bomberito" Zarzuela, que cante con Celia, que sienta el trombón de Willie Colón vibrar en las costillas, la Fania All Stars seguirá viva. Completamente, apasionadamente, irremediablemente viva.
Yo lo vi. Yo lo escuché. Yo lo sentí en ese Madison Square Garden que retumbaba como si las paredes también supieran bailar. Y por eso, cada vez que se va uno de ellos, no solo lloro a un músico. Me lloro un poco a mí mismo, al que fui esa noche, al mundo que existía entonces y que ya solo vive en los discos de vinilo, en las películas en blanco y negro, y en la memoria de los que tuvimos la fortuna de estar ahí.
La salsa brava no muere. Solamente se transforma en memoria, en herencia, en el ritmo que late en todo aquel que alguna vez la escuchó y no pudo quedarse quieto.
La salsa brava fue real. Y quienes la hicieron posible fueron, sin ninguna duda, inmortales.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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