Querido diario,
Ya el miércoles se acaba, y con él, como arena que se escurre entre los dedos, el peso de la semana comienza a aligerarse. Hay algo en los miércoles que siempre me ha parecido extraño: no son ni el principio ni el final de nada, son una especie de tierra de nadie donde uno flota sin saber muy bien hacia dónde mirar. Y sin embargo, hoy el miércoles me ha traído más cosas de las que esperaba.
Natasha tiene planes para el fin de semana. Tania la invitó a una dacha que tienen sus padres a las afueras de Moscú, a unas dos horas de recorrido. Me lo contó esta mañana mientras desayunaba de pie, como siempre, con ese apuro que la caracteriza, y yo asentí con una sonrisa mientras pensaba en lo bien que le vendrá salir de la ciudad, respirar otro aire, caminar sobre nieve que todavía no ha sido pisada por miles de botas de metro y calle. Las dachas tienen ese poder. Te llevan a una versión más lenta de ti mismo, a una donde el silencio no incomoda sino que alimenta. Me alegra que ella vaya. Se lo merece.
Entre tanto, algo está cambiando aquí afuera, y no es poca cosa: la luz. La luz de día se prolonga cada día un poco más, como quien tira de un hilo con mucha paciencia. Esta tarde, cuando salí del trabajo, todavía había un rastro de claridad en el horizonte, una línea fina y rosada que hace apenas unas semanas a esta hora ya no existía. Moscú de noche en enero es una cosa que cuesta explicarle a quien no la ha vivido: una oscuridad densa, casi sólida, que se asienta sobre la ciudad antes de las cuatro de la tarde y no suelta su agarre hasta bien entrada la mañana siguiente. Pero ahora, en febrero, la noche cede. Poco. Apenas. Pero cede. Y uno lo nota en el ánimo, en los hombros que se aflojan un poco, en la gente del metro que ya no parece tan encerrada en sí misma.
El trabajo transcurrió sin novedad. Esa frase la he escrito tantas veces en estas páginas que a veces me pregunto si debería alegrarme de ella o si debería preocuparme. Sin novedad significa estabilidad, rutina, la certeza de que mañana las cosas estarán más o menos en su sitio. Pero también significa que el día se fue sin dejar una marca especial, sin un momento que pueda rescatar de entre las horas y decir: esto, esto fue distinto. El metro estuvo lleno, como siempre, con esa masa de abrigos y gorros y miradas perdidas que uno aprende a leer con el tiempo. Hay una especie de lenguaje mudo en el metro de Moscú. La gente comunica mucho sin decir nada.
Pero lo que de verdad quiero contarte hoy, diario, lo que me ha quedado pesando desde que llegué a casa, es lo que me pasó al pasar por la Plaza Roja. No lo tenía planeado, simplemente el camino me llevó hacia allá, o quizás yo lo dejé llevarme sin admitírmelo. Y entonces estuve allí, parado frente a ese espacio inmenso que parece ajeno al tiempo, con el Kremlin iluminado y las torres de San Basilio recortándose contra el cielo oscuro de la tarde, y algo dentro de mí se abrió de golpe.
Los recuerdos llegaron sin avisar, como siempre llegan los que más duelen. Me vi a mí mismo años atrás, más joven, con otra ligereza en los pasos, cruzando esa misma plaza con compañeros de la universidad, riendo de algo que ya no recuerdo pero cuya risa todavía casi puedo escuchar. Éramos ruidosos y confiados y teníamos esa certeza soberbia de los jóvenes de que el tiempo es infinito y que todo lo importante todavía está por venir. La Plaza Roja en aquellos años era casi un patio de recreo extendido, un escenario de fondo para nuestras conversaciones interminables sobre el futuro, sobre lo que íbamos a hacer, sobre quiénes íbamos a ser.
Las lágrimas no tardaron en llegar. No me avergüenza decirlo aquí, porque para eso estás tú, diario. No eran lágrimas de tristeza exactamente, o no solo eso. Eran de esa clase más complicada que mezcla la gratitud con la pérdida, que lloran lo que fue sin negar que fue hermoso. Desde que terminé la universidad me hecho mayor muy rápidamente. Demasiado rápidamente, me parece a veces. Como si la vida hubiera estado esperando al otro lado de la graduación con un reloj en la mano, lista para avanzar las manecillas sin miramientos. Los años de estudio tenían una textura distinta, más porosa, más dispuesta a absorber las cosas. Ahora los días son más lisos, más eficientes, y se escapan con más velocidad precisamente porque ya no me detengo a jugarlos.
No sé exactamente qué quise decirme a mí mismo al quedarme parado en la Plaza Roja esta tarde. Quizás nada. Quizás solo necesitaba estar ahí un momento, dejar que los recuerdos pasaran como pasan los trenes, sin intentar atraparlos. El frío me mordía las mejillas y la gente seguía su camino a mi alrededor, ajena a todo lo que ocurría dentro de mí, y eso también estuvo bien. Hay algo consolador en ser invisible en medio de la multitud.
Mañana será jueves. La semana seguirá su marcha y el fin de semana se acercará, y con él la dacha para Natasha y quizás algo de quietud para mí. La luz seguirá ganando terreno a la noche. El metro seguirá lleno. Y yo seguiré aquí, contándotelo todo.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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