Por: Ricardo Abud
Hoy el sol salió diferente sobre Moscú.
No sé si fue la luz dorada quebrándose entre las cúpulas doradas de la ciudad o el simple hecho de saber que hoy es su día, pero desde que abrí los ojos esta mañana, hasta el frío de Moscú se sentía tibio. Me levanté antes de que el silencio terminara, casi de puntillas, y salí a las calles que aún dormitaban bajo ese cielo inmenso y gris perla que solo esta ciudad sabe tener.
En el mercado moscovita, entre colores vivos y el vaho del aliento en el aire fresco de la mañana, busqué el ramo perfecto. Rodeado de voces en ruso, de vendedores que envolvían flores con manos expertas, encontré ese ramo que más se le parecía a ella, el que tiene algo de luz, algo de vida, algo que en cualquier idioma del mundo dice "existes y eso es lo más hermoso que le ha pasado a este día".
Natasha cumple años hoy, aquí, en Moscú. Y qué ciudad para celebrarla. Una ciudad que guarda secretos entre sus piedras, que tiene alma en cada esquina, que es tan grande y tan profunda como el amor que uno siente cuando mira a la persona correcta. Como si esta ciudad hubiera sido construida exactamente para que ella la habitara.
Pedí el día libre. Hoy el tiempo es nuestro y Moscú es nuestra.
Vamos a almorzar juntos, a cenar juntos, a perdernos quizás entre las calles y las plazas de esta ciudad imponente, dejando que la tarde rusa nos lleve sin prisa. Y en cada brindis, en cada plato compartido, en cada mirada de esas que no necesitan traducción, voy a recordar lo afortunado que soy de estar aquí — en esta ciudad, en este día, con ella.
Que sean muchos años más, Natasha. Que cada cumpleaños te encuentre rodeada de amor, de flores, de risas y de todo lo que mereces. Hoy Moscú también te celebra, aunque no lo sepa.
Hoy es esplendoroso. Y lo es porque tú estás en él.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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