El Jueves Eterno


Por: Ricardo Abud 

Hay días que no son simplemente días. Son territorios del alma, geografías interiores donde el tiempo abandona su disfraz de horas y minutos para revelarse como lo que siempre fue: una corriente que nos arrastra sin preguntarnos si queremos ir.

El jueves tiene esa cualidad extraña. No es el inicio, no es el final. Es el punto medio donde el silencio ya no es ausencia de ruido sino presencia de todo lo que no se ha dicho. Un silencio que cubre, que abriga con la misma ambigüedad con que una mortaja puede confundirse con una manta. Ese silencio no es paz: es la acumulación de todas las palabras que murieron en la garganta antes de alcanzar el aire.

Y en ese silencio, la vida se vuelve elocuente precisamente porque no habla. Trasciende lo inexorable, esa palabra que cargamos sin entenderla del todo, porque en el fondo sabemos que hay fuerzas que no negocian. El río no consulta a las piedras antes de moverlas.

La lluvia, en cambio, sí tiene un idioma. Cae sin distinción sobre el justo y el miserable, sobre el que llora y sobre el que provocó las lágrimas. No retrocede. Esa es su dignidad más feroz: la indiferencia perfecta. Los hombres construyen sus maldades con ladrillos de pequeñas cobardías, con silencios cómplices, con verdades a medias que son mentiras enteras. Y la lluvia los moja igual. Los lava sin limpiarlos.

Porque hay una suciedad que el agua no alcanza. Esa que se instala en el interior cuando alguien que debía protegernos eligió traicionarnos. La traición no es solo un acto: es una reconfiguración del mundo. Después de ella, el mapa ya no sirve. Los lugares que creíamos seguros aparecen marcados con una equis, y uno camina entre ruinas que para los demás parecen edificios normales.

Entonces llega el rencor. Y aquí es donde debemos ser honestos, porque el rencor tiene mala prensa pero cumple una función que nadie quiere admitir: es el guardián de la herida. Mientras duele, recuerda. Mientras recuerda, advierte. El problema no es que el rencor exista, sino que algunos deciden habitarlo de forma permanente, convertirlo en casa en lugar de usarlo como refugio provisional.

Las almas que no entienden las verdades no son necesariamente malvadas. A veces son simplemente cobardes, que es casi peor. La maldad tiene una arquitectura, una intención. La cobardía es solo ausencia: ausencia de valor para mirar de frente lo que hicieron, ausencia de vocabulario para nombrar el daño, ausencia de humanidad suficiente para pedir perdón sin condiciones.

Pero la vida, en su elocuencia inexorable, sigue. El jueves se convierte en viernes. La lluvia escampa o no escampa, pero en algún momento uno deja de mirar por la ventana esperando que pare.

El silencio que cubría las emociones empieza a descubrirlas, lentamente, como cuando retiras una sábana de un mueble antiguo y el polvo flota un instante en el aire antes de asentarse. Y en ese polvo flotante, en esa fracción de segundo antes de que todo vuelva a posarse, está la posibilidad: la de elegir qué verdades merecen seguir viviendo dentro de nosotros y cuáles deben ser, finalmente, devueltas a la lluvia.


 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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