La comunicación como forma de respeto


Por: Ricardo Abud

Hubo un momento en mi vida en que creía que si alguien respondía tarde a un mensaje era señal de ocupación, de importancia, de que tenía cosas más grandes en qué pensar. Hasta que conocí a alguien que me demostró exactamente lo contrario. Era una persona con una agenda apretada, con proyectos en múltiples frentes, con el tipo de vida que cualquiera calificaría de frenética. Y sin embargo, respondía siempre. Rápido. Con claridad. Sin excusas.

Lo que esa persona me enseñó no era sobre gestión del tiempo. Era sobre valores. Porque cuando ya viste el mensaje y decides no responder, no estás siendo productivo: estás tomando una decisión sobre esa persona. Le estás diciendo, sin palabras, qué puede esperar. Que no es prioridad. Que tu comodidad o tu imagen importan más que tu tiempo.

Y ahí está el nudo del asunto. La ocupación real no te vuelve inaccesible. Lo que te vuelve inaccesible es la indiferencia disfrazada de agenda llena y de la estupidez e insensatez más grande. He aprendido que las personas verdaderamente grandes, las que construyen cosas que importan, no usan el silencio como herramienta de poder. No calculan cuánto tiempo deben esperar para responder con el fin de parecer más valiosas o menos disponibles. Responden porque entienden que comunicarse a tiempo es una forma de decirle al otro: te veo, te escucho, eres importante para mí.

Esto aplica en los negocios, en las amistades, en cualquier vínculo humano que valga la pena cuidar. Pero donde más duele ignorarlo, y donde más se siente cuando se practica bien, es en las relaciones de pareja.

Vivimos en una época en que las redes sociales han convertido el silencio en una estrategia romántica. Se nos dice que hay que parecer ocupados, que responder de inmediato demuestra ansiedad, que si contestas rápido pierdes poder. Y muchos caen en eso por su propia ignorancia.Creen  que guardar cierta distancia los hace más interesante, más deseable.

Lo que en realidad estan haciendo es construir un muro, ladrillo por ladrillo, con indiferencia calculada. Porque la persona al otro lado de la pantalla no siente que eres misterioso cuando no respondes. Siente que no le importas lo suficiente. Y tiene razón.

En una relación de pareja, la comunicación no es un juego. Es el tejido del que está hecha la confianza. Cada vez que eliges no responder cuando ya viste el mensaje, cada vez que usas el silencio como castigo o como herramienta para marcar distancia, estás haciendo un pequeño agujero en ese tejido. Y los agujeros pequeños, acumulados, terminan por romperlo todo.

He entendido que estar presente emocionalmente no significa estar disponible las veinticuatro horas del día. Significa que cuando alguien a quien amas se comunica contigo, lo recibes con honestidad. Si estás ocupado, lo dices. Si necesitas tiempo, lo expresas. Pero no desapareces. No dejas a alguien colgado en la incertidumbre de si fue visto o ignorado.

Las relaciones más sanas que he visto y vivido tienen algo en común: la comunicación fluye sin cálculos. No hay estrategia, no hay poses. Hay dos personas que se respetan lo suficiente como para ser claras. Y esa claridad, aunque a veces incomoda, es infinitamente más amorosa que el silencio estratégico. Hasta que el respeto se pierde. 

Hoy entiendo que la forma en que alguien se comunica contigo dice mucho más de lo que sus palabras expresan. Y que la forma en que yo me comunico dice todo sobre lo que valoro. Si respondo, si soy claro, si no uso el silencio como arma, le estoy diciendo al otro: me importas demasiado como para hacerte dudar.

No se trata de estar pegado al teléfono. Se trata de no usar la ocupación como disfraz de la indiferencia. Se trata de entender que el respeto se demuestra en los gestos cotidianos, y que uno de los más poderosos es simplemente responder.

El éxito en cualquier área de la vida, en los negocios, en el amor, en la amistad, no se construye ignorando a las personas. Se construye siendo alguien con quien vale la pena conectar. Y la conexión empieza con algo tan sencillo, y tan profundo, como tomarse el tiempo de decir: aquí estoy.

La falta de respuesta no te hace ver interesante ni ocupado, solo te deja como alguien sin clase. La madurez se demuestra con palabras claras, no con silencios cobardes que solo dejan en evidencia que tu ego es mucho más grande que tu educación, el respeto empieza por la honestidad. Si no tienes la altura para decir que no te interesa, al menos ten la decencia de no hacerle perder el tiempo a los que sí sabemos lo que es la responsabilidad afectiva.

El mundo sigue girando sin tu aprobación y el tiempo vale demasiado como para gastarlo descifrando la mala educación y los improperios de quien se cree inalcanzable pero no llega ni a lo básico: la cortesía.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios