Querido Diario
Las calles de Moscú respiran hoy con un color extraño, una paleta que mezcla el gris acero de sus edificios con el verde incipiente de los árboles que se despiertan del invierno. Camino sin destino fijo por la orilla del río Moscova y siento en los pies el peso de cada paso, como si el adoquín me recordara que aunque no nací aquí, algo de mí sí pertenece a esta tierra.
El mundo sigue revuelto. Los que ostentan el poder lo agitan todo con su prepotencia y su arrogancia ciega, como si la historia no les hubiera enseñado nada. Lo veo en los rostros de la gente que pasa a mi lado: esa ansiedad silenciosa que se cuela entre los abrigos y los pasos apresurados. Nadie se mira. Todos cargan algo invisible.
Y yo cargo a Venezuela.
La cargo en el pecho como se carga una herida que no termina de cerrar porque uno mismo no la deja sanar. Me pregunto cómo estarán sus calles ahora mismo. Si el sol de la tarde cae todavía con esa generosidad desvergonzada sobre el asfalto caliente, si los árboles de mango siguen siendo los mismos árboles de siempre, si la gente todavía habla fuerte y se ríe más fuerte aún. Aquí la belleza existe, no lo niego. Moscú tiene esa grandiosidad que impone respeto, sus avenidas anchas, sus domos dorados que brillan incluso en los días nublados. Y es una belleza que siento mía, porque Moscú siempre me ha recibido como hijo. No como huésped. Esa es la diferencia que pocas ciudades del mundo son capaces de hacer, y esta lo hace cada vez que piso sus calles, cada vez que el frío me abraza sin disculparse.
Caminar sin razón por estas calles se vuelve un ejercicio extraño, casi un acto de amor iracundo, porque cada paso que doy aquí es un paso que no doy allá. Y la rabia y la ternura se mezclan de una manera que no sé bien cómo nombrar.
Hoy me pasó algo que no sé si reír o llorar. Hablé en ruso con un vendedor cerca del mercado Dorogomilovsky y juro que por un instante sentí que me respondía en español, que entre sus palabras eslavas se colaba el acento cálido de mi gente. Y luego, más tarde, le hablé en español a un hombre que me pidió indicaciones, y sus palabras me sonaron a ruso, como si los dos idiomas se hubieran puesto de acuerdo para confundirme, para recordarme que vivo suspendido entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno. Es el idioma del exilio, el exilio del corazón supongo. Un idioma que no tiene gramática ni diccionario, solo confusión y nostalgia mezcladas.
Y sin embargo, Moscú me ha robado toda la serenidad y yo se lo he permitido. La he dejado hacerlo porque la siento tan mía como cualquier ruso que haya nacido bajo su cielo gris. Hay algo en esta ciudad que se me metió adentro sin pedir permiso, sus inviernos brutales que te obligan a ser fuerte, sus noches blancas que te roban el sueño, su belleza áspera que no te seduce sino que te desafía. Moscú no te enamora, te conquista. Y yo, sin querer, me dejé conquistar hace tanto tiempo que ya ni recuerdo cuándo empezó.
Pero incluso siendo hijo de esta ciudad, incluso sintiéndola hueso y sangre, Venezuela sigue siendo el origen. La raíz que ninguna ciudad del mundo puede arrancar, aunque lo intente con todo su invierno y toda su grandeza.
La nostalgia hoy pesa diferente. Quizás porque el devenir se siente incierto, porque no sé cuándo ni cómo regresará la posibilidad de volver. Venezuela no es solo un lugar en el mapa, es el idioma que habla mi memoria, el olor que reconoce mi cuerpo antes de que lo procese la mente, es la primera palabra que aprendí sin que nadie me la enseñara.
"Esta noche, desde Moscú, me invade una nostalgia feroz que no esperaba sentir. Es un sentimiento lógico, pero no se confundan: no dejo esta ciudad por nada. La quietud que he hallado aquí es innegociable." Mi lealtad está con la paz que he encontrado en estas calles; esa no la cambio por nada."
Siempre tuyo,
Yo
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios