Por: Ricardo Abud
El fenómeno de quienes confunden el volumen de su voz con el peso de su razón es, en esencia, una puesta en escena del vacío. Cuando la lógica se agota y los hechos dejan de respaldar el relato, el ser humano suele recurrir a la teatralidad de la indignación.
Es una maniobra de distracción psicológica: se intenta que el interlocutor retroceda, no por estar convencido, sino por el simple agotamiento que genera el ruido. La rabia, en estos casos, no es una defensa de la verdad, sino un escudo para una vulnerabilidad que no se quiere admitir.
Hay una distinción fundamental entre ser y parecer que estas personas omiten sistemáticamente. Palabras como "discreción", "caballerosidad" y "dignidad" son, por definición, cualidades que se demuestran en la ausencia de testigos o en la templanza del conflicto. Sin embargo, para quienes predican sin practicar, estas palabras funcionan como títulos nobiliarios de cartón piedra. Las invocan como si el simple hecho de pronunciarlas les otorgará automáticamente esa cualidad, ignorando que la verdadera dignidad no se reclama, se reconoce.
Resulta casi poético, aunque cínico, observar cómo la "discreción" se convierte en el grito de guerra de quien se siente acorralado. No la piden por respeto a la intimidad ajena, sino como un pacto de silencio forzado para proteger su propia narrativa. La discreción real es un hábito del alma que no necesita ser anunciado; quien tiene que recordar a cada paso lo discreto o lo elegante que es, suele ser quien está más ocupado escondiendo el veneno que le desborda.
Existe una suerte de narcisismo narrativo en quienes creen que el mundo tiene la obligación de validar su versión de los hechos, por muy distorsionada que esté. Para estas personas, la realidad no es un terreno común de hechos objetivos, sino un guion que debe ser editado a su conveniencia. Cuando alguien se atreve a aportar un dato que contradice su historia, la respuesta no es la reflexión, sino el ataque personal.
"Nadie está obligado a inmolar su propia verdad para que otro mantenga intacta su máscara de perfección."
La exigencia de que los demás "se borren" o guarden silencio para no incomodar el relato del otro es una forma de autoritarismo emocional. Es el deseo de vivir en una cámara de eco donde sólo resuene la versión más amable de sí mismos, ignorando que la memoria ajena no es propiedad privada y que los actos tienen consecuencias que no se pueden borrar con discursos grandilocuentes. Los caballeros del pasado, que algunas personas mencionan con tanto orgullo deberían ver cómo se expresan cuando el verdadero carácter sale a flote. La elegancia que tanto se presume desaparece en el instante en que el veneno acumulado encuentra una salida. Y el carácter, ese sí que no miente, ese no se puede fingir ni maquillar con palabras escogidas. Se revela solo, siempre, en los momentos menos convenientes.
Resulta imperativo mencionar la infidelidad, no como un simple desliz del destino, sino como el síntoma definitivo de esa fractura insalvable entre el discurso y la realidad. Se habla de ella porque es el punto donde la "lealtad" y la "caballerosidad" dejan de ser conceptos poéticos para convertirse en deudas impagables. Es curioso, y hasta cínico, observar cómo quienes han quebrado la confianza ajena son, a menudo, los que más invocan el derecho a la "discreción", confundiendo el respeto a la intimidad con el encubrimiento de la traición.
Hablar de la infidelidad es necesario porque pone al descubierto la arquitectura completa del engaño: esa capacidad de sostener una mirada de rectitud mientras se habita una vida de sombras. No se menciona para hurgar en la herida, sino para evidenciar que quien no fue capaz de honrar su palabra en lo más sagrado y privado, carece de autoridad moral para exigir integridad en lo público. La traición no se borra con el tiempo ni con gritos de indignación; permanece ahí como la prueba irrefutable de que las palabras bonitas nunca fueron suficientes para sostener un compromiso real.
El recurso de sugerir "terapia" o señalar la "necesidad de sanar" en el otro es el último refugio de quien se ha quedado sin argumentos. Es una ironía dolorosa: quien señala la paja en el ojo ajeno suele estar ciego por la viga en el propio. La terapia, lejos de ser un insulto, es un proceso de honestidad brutal que estas personas suelen evitar a toda costa, precisamente porque les obligaría a soltar el papel de víctimas y enfrentar su propia responsabilidad.
Quien vive enganchado a un rencor de años, quien no puede evitar lanzar dardos bajo la apariencia de consejos morales y quien mantiene una fijación obsesiva con historias que supuestamente ya ha superado, está enviando una señal de auxilio disfrazada de superioridad. La rabia que destilan sus palabras es el síntoma de una herida que no han querido limpiar, prefiriendo culpar al resto del mundo de su propia falta de paz.
Al final, el carácter no se puede fingir eternamente. La elegancia y la nobleza de espíritu se ponen a prueba no cuando todo va bien, sino cuando el ego es herido. Es ahí, en la grieta del conflicto, donde sale a flote el verdadero ser: el que grita, el que insulta bajo un lenguaje sofisticado o el que intenta manipular la percepción de los demás para salvar su imagen.
La coherencia es silenciosa. No necesita megáfonos ni recordatorios constantes de su propia existencia. Quien es íntegro lo es sin necesidad de anunciarlo en cada frase, y quien ha sanado de verdad no tiene la urgencia de convencer a nadie de su bienestar, simplemente lo vive. El consejo de "sanar" es, efectivamente, una herramienta poderosa, pero como todo espejo, solo es útil cuando quien lo sostiene tiene el valor de mirarse en él.
La ironía más grande de todo esto es que quienes más exigen discreción suelen ser quienes menos la ejercen. Quienes más invocan la dignidad son frecuentemente quienes más la pisotean con sus propias acciones. Y quienes señalan con el dedo la necesidad de sanar ajena, casi siempre son los que llevan más tiempo sin sanar nada propio. Así que el consejo es válido, simplemente está dirigido a la persona equivocada.

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