El Salmo 20 es una oración comunitaria que la congregación de Israel elevaba por su rey antes de que este partiera a la batalla. Este salmo litúrgico nos transporta al contexto del Israel monárquico, donde el bienestar de la nación dependía en gran medida del éxito militar de su líder. Sin embargo, más allá de su contexto histórico específico, el salmo articula principios teológicos profundos sobre la confianza en Dios frente a las crisis, la intercesión comunitaria y la verdadera fuente de la victoria.
La estructura del salmo sugiere un formato antifonal, donde diferentes voces o grupos se alternan en la liturgia. Los primeros versículos constituyen una bendición intercesora pronunciada probablemente por los sacerdotes o el pueblo hacia el rey: "Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda". Esta bendición enumera varias peticiones específicas: que Dios envíe ayuda desde su santuario, que recuerde todas las ofrendas del rey, que cumpla todos sus planes y conceda todas sus peticiones. La mención del santuario es significativa, pues subraya que la verdadera fuente de protección y victoria no radica en la fuerza militar sino en la presencia de Dios que habita en medio de su pueblo.
El salmo reconoce implícitamente la ansiedad natural que acompaña a la guerra. El rey y su ejército enfrentan peligros reales: enemigos poderosos, la posibilidad de derrota, heridas y muerte. En este contexto de incertidumbre, la comunidad se reúne no para planear estrategias militares o revisar el arsenal, sino para orar. Esta priorización de la oración sobre los preparativos meramente técnicos refleja la convicción israelita de que las batallas se ganan primero en el ámbito espiritual antes que en el campo de combate físico.
El versículo central del salmo contiene una de las declaraciones de fe más memorables del Salterio: "Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria". Este contraste no implica que Israel no utilizara medios militares convencionales; la arqueología y los textos bíblicos demuestran que Israel poseía carros y caballería. El punto teológico es más sutil: mientras las demás naciones confiaban últimamente en su poder militar, Israel debía fundamentar su confianza en Dios. Los medios humanos eran legítimos, pero la seguridad última no residía en ellos.
Esta distinción entre confiar en medios humanos versus confiar en Dios es extremadamente relevante en cualquier época. Es fácil caer en la tentación de basar nuestra seguridad exclusivamente en recursos tangibles: dinero, posición social, habilidades personales, conexiones políticas, tecnología avanzada. El Salmo 20 no niega el valor de estos recursos, pero advierte contra convertirlos en ídolos, en fundamentos últimos de nuestra confianza. La verdadera seguridad proviene de nuestra relación con Dios, quien controla los eventos de la historia y puede intervenir más allá de nuestras capacidades limitadas.
El salmo concluye con una petición renovada y un acto de fe colectiva. La comunidad clama: "Salva, Jehová; que el Rey nos oiga en el día que lo invoquemos". Algunos intérpretes entienden que "el Rey" con mayúscula se refiere a Dios mismo, mientras otros lo ven como referencia al rey humano. En cualquier caso, el salmo termina como comenzó: con un pueblo reunido en oración, expresando su dependencia de Dios y su confianza en que Él responderá en el momento de necesidad.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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