Hay noches en que la memoria no llega sola. Llega en manada, como lo hacen las cosas que duelen de verdad, sin pedir permiso, sin tocar la puerta. Se instala en el centro del pecho y desde ahí lo revuelve todo. Hoy es una de esas noches. Adentro llueve, y la lluvia tiene esa terrible costumbre de traerme de vuelta a todos los lugares que ya no existen, a todas las personas que alguna vez tuvieron un lugar fijo en mi mundo.
Abro mi directorio telefónico y encuentro nombres que ya no llamo. No porque no quiera, sino porque la vida, esa maestra tan severa y tan sabia a la vez, los fue llevando a otra parte. Algunos se fueron de manera suave, casi sin que yo lo notara, como cuando el verano se convierte en otoño y uno solo se da cuenta cuando ya hace frío. Otros se fueron de golpe, y ese golpe todavía resuena. Pero lo que más me mueve esta noche no es su ausencia, sino todo lo que construimos juntos antes de que se fueran. Las ilusiones compartidas, los planes que hicimos sobre mesas de café que ya cerraron, las promesas que eran sinceras en el momento en que las dijimos.
Me estoy agotando, y ya no me da miedo admitirlo.
Hay un cansancio que no se cura con dormir. Es el cansancio de haber cargado tanto tiempo con versiones de mí mismo que ya no me pertenecen, con expectativas que construí sobre terrenos que resultaron ser de arena. He dado mucho, y lo he dado con el corazón abierto, y eso no me arrepiento, jamás podría arrepentirme de haber amado sin medida. Pero el cuerpo avisa, el alma avisa, y esta noche me están avisando juntos que necesito encontrar una pista donde aterrizar.
No quiero escapar. Solo quiero descansar.
Quiero bajarle el volumen al pasado sin borrarlo, porque en ese pasado también viven las mejores versiones de lo que he sido. Están las manos que me sostuvieron cuando no podía sostenerme solo. Están las risas que llegaban sin razón aparente y que hacían que todo valiera la pena. Están los abrazos que todavía recuerdo con una precisión asombrosa, como si el cuerpo tuviera su propia memoria y se negara a olvidar lo que alguna vez lo hizo sentir en casa.
Por eso, a pesar del peso, a pesar del miedo que me da seguir recordando, lo que más siento esta noche es gratitud.
Esta noche le doy permiso a la noche de ser noche de verdad. Sin explicaciones, sin culpas, sin el peso de tanto análisis. Sirvo el primer trago con la misma ceremonia con que uno abre una conversación importante, despacio, con respeto, sabiendo que lo que viene después no tiene manual. El hielo suena en el vaso como pequeñas verdades que se van derritiendo, y yo me dejo derretir un poco también, porque hay cosas que solo se dicen cuando el alma está lo suficientemente suave como para dejarlas salir. Esta noche no le debo nada a nadie, solo me debo a mí mismo el derecho de estar aquí, con mi música, con mis recuerdos ya un poco más amables, con ese silencio cómplice que solo aparece cuando uno finalmente deja de correr. Salud, entonces. Por todo lo que fue, por todo lo que vendrá, y sobre todo por esta noche que es mía, completamente mía.
Gracias por cada nombre que guardo aunque ya no llame. Gracias por cada ilusión que se desmontó, porque me enseñó de qué estaba hecha de verdad. Gracias por el cansancio, incluso, porque significa que estuve presente, que no viví de lejos ni a medias, que me entregué a esta vida con todo lo que tenía.
La lluvia sigue. Y yo sigo aquí, un poco más liviano después de escribir esto, buscando esa pista de aterrizaje que mi alma tanto necesita. No para dejar de volar, sino para tomar aire. Para seguir. Para encontrar la paz, no como destino final, sino como compañera de camino.
La merezco. Y aunque esta noche me cueste creerlo, lo sé.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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