Mi diario hoy


Viernes, 27 de febrero
Querido diario,

Hoy el día estuvo tranquilo. El trabajo fue fructífero, de esos días en que uno llega a casa con la satisfacción silenciosa de haber hecho bien lo que tenía que hacer, sin aspavientos, sin dramas. Al salir me fui directo a casa. Quería despedir a Natasha antes de que partiera a la dacha con Tania.

La encontré reluciente, mi bella esposa. Había en ella ese brillo particular que tiene cuando está de buen humor, cuando el mundo le parece un lugar razonable. Pero algo me llamó la atención de inmediato: no había maletas. Ninguna. El apartamento estaba en calma, sin ese movimiento típico de quien se prepara para irse.

Antes de que pudiera decir nada, me tomó de la mano, me sentó en la mesa y me sirvió un café. El primer sorbo fue maravilloso, de esos que entran con una calidez que va más allá de la temperatura. Me quedé quieto, disfrutándolo, sin prisa. Entonces ella levantó la cara, me miró directamente a los ojos, y dijo: me quedo contigo. No pienso ir a ningún lado sin ti.

Me sentí halagado. Profundamente halagado. Intenté persuadirla, le recordé los planes, a Tania que la esperaba, la dacha, el fin de semana en el campo. Pero fue firme, con esa firmeza suave que solo ella sabe tener, y repitió: sin ti, no tengo que ir a ningún lado.

No hay mucho más que añadir, diario. A veces el amor no se anuncia con grandes gestos. A veces llega en una taza de café, en una frase dicha con calma, en una maleta que nunca se hizo. Y uno se da cuenta, una vez más, de que está exactamente donde debe estar.

Buenas noches.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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