La frontera del olvido y la gracia


Por: Ricardo Abud

"No importa nada de lo que haya pasado, porque yo no te guardo rencor. No importa nada de lo que me hiciste o cómo me trataste, porque yo no te deseo nada malo. Lo único que deseo es que te enamores de alguien como tú. Ahora tú sabrás si eso te da miedo o te da tranquilidad."

En días pasados me encontré con esta frase, llamó mi atención y me dedique a explorar su contenido, y esto fue lo que salió. 

Existe un tipo de amor que nace no de la reconciliación, sino de la renuncia. Un amor que se construye en el silencio de quien decide soltar toda expectativa de venganza, toda amargura, toda la deuda que el otro supuestamente le debe. Este es el territorio donde habita la verdadera magnanimidad, y también donde conviven las contradicciones más profundas del ser humano.

Quien declara que no guarda rencor, incluso después del daño, está haciendo algo radical: está eligiendo no ser definido por lo que le hicieron. Esta elección es un acto de soberanía. No es debilidad como muchos creen sino la máxima expresión del poder personal: la capacidad de perdonar sin que el perdón sea solicitado, sin que la otra persona lo merezca o lo reconozca.

Pero aquí habita la primera contradicción. El perdón verdadero no es un regalo que se ofrece para que el otro lo valore. Es un acto de liberación propia, y sin embargo, se expresa hacia afuera, dirigido a alguien específico. Quien perdona no puede evitar que el perdón sea un mensaje, incluso si intenta que no lo sea.

Luego está el segundo movimiento: "no te deseo nada mal". Esta frase es crucial porque revela algo profundo sobre la naturaleza humana. Después del daño, después del maltrato, mantener la ausencia de deseo vengativo es extraordinario. Pero también es inquietante. Porque cuando alguien puede decir esto sin cinismo, sin fingimiento, nos enfrenta a la realidad de que el rencor no es el estado natural después del dolor. Es una construcción que elegimos mantener o soltar.

En esta renuncia a desear lo negativo, hay una pureza que asusta. Asusta porque desafía la lógica de la justicia poética, del karma instantáneo, de la creencia de que el universo se encarga de cobrar deudas. Quien no desea mal a quien lo hirió está rechazando consolarse con la ilusión de que la vida se encargará de castigar al otro.

Pero entonces llega lo más provocador: "lo único que deseo es que te enamores de alguien como tú". Aquí está el corazón del asunto. Este deseo no es ni venganza disfrazada ni condescendencia. Es algo más complejo: es desear para el otro precisamente aquello que podría causarle el mismo sufrimiento que causó.

Hay una valentía casi peligrosa en esto. Es decir: "deseo que experimentes el amor de la manera en que lo vivirás, incluso si eso te hiere, incluso si eso te enseña lo que yo aprendí". Es desear que el otro encuentre su propio espejo, que sea confrontado con su propia naturaleza a través de otra persona. 

Pero hay más. Desear que se enamore de "alguien como tú" es, de alguna manera, desear que el otro se ame a sí mismo a través de otro. Es casi un deseo de salvación, enmascarado en apariencia de indiferencia.

Y entonces llega el cierre, la estocada: "Ahora tú sabrás si esto te da miedo o te da tranquilidad". Esta pregunta no es inocente. Es una pregunta que atrapa. Porque la respuesta revela todo.

Si da miedo, es porque la magnanimidad del otro refleja la propia mediocridad. Si da tranquilidad, es porque finalmente hay paz en ser perdonado sin merecerlo. Pero ambas respuestas son incómodas. Ambas revelan que quien recibe estas palabras ya no está en posición de poder. Ha sido reducido a la vulnerabilidad de ser juzgado por su reacción emocional.

En toda esta arquitectura emocional hay algo que ninguna palabra logra capturar completamente: el acto de seguir vivo después del daño, y más aún, de seguir queriendo que otros vivan plenamente, incluso quienes nos hirieron.

Esto no es santidad. Es algo más humano y más confuso que eso. Es la capacidad de reconocer que quien nos lastimó también es alguien que puede amar y puede ser amado, alguien que puede sufrir por amor de la misma manera que nosotros sufrimos. Y elegir no negarle eso por venganza.

El verdadero perdón no busca dejar constancia. Se ofrece sin firma, sin testigos, sin la esperanza de que alguna vez sea reconocido como lo que es. Y cuando sí se expresa, cuando sí se articula en palabras, adquiere esta extraña luminosidad: la de quien ha decidido que su libertad vale más que su derecho a estar enojado.

La pregunta final sigue flotando en el aire: ¿miedo o tranquilidad? Quizás la respuesta verdadera es que ambas cosas son posibles simultáneamente. Que es posible sentir miedo ante la magnanimidad del otro y tranquilidad en ser finalmente liberado de la deuda. Que es posible reconocerse en el espejo que otro nos ofrece, aunque ese espejo refleje aquello que nos atemoriza de nosotros mismos.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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