Querido diario,
El mundo sigue muy convulsionado, hasta las calles de esta mi segunda ciudad estan tristes. Hay momentos en que uno mira las noticias y siente que la razón ha abandonado a quienes tienen el poder de decidir sobre la vida de millones. La intransigencia, la soberbia, la incapacidad de dialogar... todo ello lleva a la humanidad peligrosamente cerca del abismo.
El ataque a Irán es una señal más de que los equilibrios que sostenían una paz frágil se están rompiendo. No sabemos qué va a pasar. Nadie lo sabe con certeza. Y esa incertidumbre pesa, porque detrás de cada decisión política hay rostros, hay familias, hay niños que no eligieron nacer en medio de este caos.
Mientras los poderosos negocian, debaten y dilatan, el tiempo pasa y con él la vida de personas inocentes. Cientos primero, ahora ya miles, mueren producto de los bombardeos. Gente común, como tú y como yo, que solo quería vivir en paz, ver crecer a sus hijos, tener un techo y un plato de comida. Es difícil no sentir impotencia ante eso. Es difícil no preguntarse qué clase de mundo estamos construyendo, o más bien destruyendo, entre todos.
Esta noche, antes de dormir, oré. Oré por los que sufren, por los que han perdido todo, por los que aún tienen esperanza a pesar de todo. La oración no cambia los noticieros, no detiene las bombas, pero sí calma el alma y nos recuerda que hay algo más grande que la violencia y el odio de los hombres.
Estoy triste. Profundamente triste. Pero también me aferro a la creencia de que esta locura no puede durar para siempre. Los pueblos, tarde o temprano, se cansan de la guerra. La historia nos ha demostrado que incluso los conflictos más devastadores llegan a su fin.
Esperemos que todo se calme pronto. Que prevalezca el diálogo sobre las armas, la cordura sobre el orgullo, y la vida sobre la muerte.
Hasta mañana, diario.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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