El último párrafo que no necesita destinatario


Por: Ricardo Abud

Hay despedidas que no caben en una palabra. "Adiós" es demasiado breve para todo lo que ocurrió, demasiado limpio para algo que fue tan profundo y tan complejo. Decirle adiós a alguien que alguna vez lo fue todo sería reducir años de historia a un sonido que se disuelve en el aire sin dejar rastro. Y lo que vivimos, aunque ya no duela como antes, merece algo más honesto que eso.

Quería besarte, y te besé. Esa sola frase contiene una libertad enorme: la de haber actuado desde el deseo genuino, sin miedo, sin cálculo. Hubo un momento en que el corazón señaló una dirección y el cuerpo obedeció con toda su convicción. Eso no fue un error. Eso fue valentía. Y aunque hoy el camino haya tomado otro rumbo, nadie puede quitarle a ese instante su verdad ni su belleza. Los besos que se dan desde la libertad, desde el querer y no desde el deber, son de los pocos actos humanos completamente puros.

Quería confiar en ti, y lo hice. Confiar no es un acto pasivo ni sencillo. Es una decisión que se toma con los ojos abiertos, sabiendo que implica riesgo, sabiendo que el otro tiene el poder de fallar. Elegir confiar es, en el fondo, elegir creer en lo mejor de alguien antes de que lo demuestre. Eso habla de quien confía, no de quien recibe esa confianza. Y cuando esa confianza no fue correspondida con la misma altura, la herida no vino de haber confiado, sino de descubrir que el otro no estaba listo para cargar con algo tan valioso.

Te apoyé cuando nadie más creía en ti. Hay algo extraordinariamente generoso en sostener a alguien en sus momentos más frágiles, cuando el mundo voltea la mirada. Ese tipo de amor no busca reconocimiento, actúa desde una convicción profunda de que el otro vale, de que puede más, de que merece ser visto incluso cuando aún no sabe verse a sí mismo. Haberlo dado no fue ingenuidad. Fue una de las expresiones más maduras del amor: creer en alguien antes de que se crea a sí mismo. Que eso no haya sido reconocido o devuelto con la misma intensidad no lo convierte en un error, lo convierte en una lección sobre los límites del amor cuando es unidireccional.

Y te amé con todo lo que soy. Esa es la frase que más pesa, y también la que más libera cuando finalmente se puede decir sin que duela. Amar así, sin reservas, entregando no solo tiempo y palabras sino identidad entera, es algo que pocas personas se permiten. Hay quienes prefieren amar a medias para no arriesgarlo todo. Pero quien amó de esa manera sabe que vivió algo real, algo que no puede falsificarse ni repetirse con otro sin que primero pase tiempo y crezca una nueva versión de uno mismo.

El único error no fue amar. Eso hay que repetírselo tantas veces como sea necesario hasta que se instale en el pecho como una verdad inamovible. Amar no fue el problema. El problema fue esperar reciprocidad de alguien que no había desarrollado todavía, o quizás nunca desarrollaría, la capacidad de amar con esa misma profundidad. No todos llegamos al mismo nivel emocional al mismo tiempo, y no todos llevamos dentro la disposición de entregarnos de verdad. Eso no convierte a esa persona en mala. La convierte en insuficiente para lo que se ofrecía. Y reconocer esa diferencia es uno de los actos más lúcidos que puede hacer alguien después de una pérdida amorosa.

La madurez no llega el día que se deja de llorar. Llega el día que se puede mirar atrás sin rencor, sin la necesidad de reescribir lo que pasó ni de culparse por haber amado bien. Llega cuando uno entiende que el amor que se dio no se perdió solo porque la relación terminó. Ese amor formó parte de quien se es hoy, moldeó la manera de relacionarse, enseñó dónde están los propios límites y cuál es el tipo de presencia que realmente se merece en la vida.

No hay que decirle adiós porque en realidad no se le habla a esa persona. Se le habla a esa versión de uno mismo que todavía esperaba algo que nunca iba a llegar. Y a esa versión hay que agradecerle, no despedirse de ella con frialdad. Gracias por haber amado sin miedo. Gracias por haber confiado aunque doliera. Gracias por haber sostenido a alguien que no supo sostenerte.

Lo que viene ahora no es el vacío que deja una ausencia. Es el espacio que se abre cuando por fin uno se hace la promesa más importante: amar a alguien que sepa, que quiera, y que sea capaz de amar de vuelta con la misma intensidad. No como venganza, sino como justicia propia.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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