El primer vagón del metro de caracas


Por: Ricardo Abud 

Viajar en el primer vagón del Metro de Caracas es una experiencia sociológica que ningún gobierno ha tenido la decencia de incluir en sus planes de desarrollo. 

Muchos de los asientos están destinados a la tercera edad, pero aquello está muy lejos de ser un geriátrico silencioso: es una especie de Parlamento popular donde los pensionados, jubilados y demás sobrevivientes de la economía nacional discuten el precio de las medicinas, la miseria de las pensiones, los hospitales que no sirven, el dinero que no alcanza y, después de resolver esos pequeños asuntos, pasan tranquilamente al sexo.

El otro día un señor bastante mayor confesó que su gran sueño era estar con dos mujeres al mismo tiempo. Una viejita lo miró de arriba abajo y le soltó: «Sigue soñando, viejo del carajo, que a ti ya no se te para la paloma». El primer vagón estalló en carcajadas y quedó demostrado que, en Venezuela, hasta la disfunción eréctil puede convertirse en política pública de entretenimiento.

Poco después entró un hombre evidentemente trastornado y, a las diez de la mañana, saludó con un solemne «buenas noches». Algunos pasajeros, por solidaridad nacional, le respondieron «buenas noches». El hombre los observó y concluyó: «Menos mal que el loco soy yo». Nadie pudo discutirlo. En un país donde la luz se va seis horas, el agua desaparece cuando uno la necesita y el salario alcanza cada vez para menos, determinar quién está cuerdo empieza a ser una tarea científica.

Entonces apareció el señor del ventilador inalámbrico. Había reunido dinero con sacrificio para comprar uno que funcionaba cuatro horas con batería, orgulloso de haber encontrado la solución perfecta para los apagones. El problema fue que ahora los apagones duraban seis horas. Había comprado un ventilador preparado para el pasado. Otro contó que alquiló una lavadora durante seis horas, pero justo cuando comenzó el alquiler se fue la luz; cuando regresó, se había terminado el tiempo y tuvo que pagar otras seis horas. Cuando finalmente iba a lavar, se fue el agua; cuando volvió el agua, empezó a llover. El vagón quedó en silencio unos segundos, quizá por respeto al difunto sentido común, y alguien resumió la tragedia: en Venezuela hasta lavar la ropa requiere coordinación entre Corpoelec, Hidrocapital y San Pedro.

Lo admirable es que nadie se suicida de aburrimiento porque aquí hasta las desgracias vienen con entretenimiento incluido. El venezolano puede estar hablando de una pensión miserable y cinco minutos después contar un chiste sexual; puede estar esperando agua mientras llueve y puede perder seis horas de alquiler de una lavadora sin haber lavado ni un pañuelo. Todo se convierte en anécdota porque, cuando la realidad parece escrita por un gobierno de humoristas involuntarios, la única defensa que queda es reírse.

El primer vagón es, en definitiva, una pequeña Venezuela sobre ruedas: pensionados haciendo economía creativa, ciudadanos practicando supervivencia, locos dando lecciones de cordura y políticos ausentes de la conversación porque, para desgracia del país, ya están demasiado ocupados administrando el desastre.

El tren sigue avanzando mientras alguien anuncia que se volvió a ir la luz. Otro pregunta si llegó el agua. Una viejita vuelve a hablar de la pensión y el señor de la paloma guarda silencio. Nadie sabe qué estación viene, pero todos saben que, en Venezuela, cualquier cosa puede pasar antes de llegar a la próxima.

De pronto, se abre la puerta y entra un ministro sudoroso que intenta justificar la inflación diciendo que «la brisa del túnel es socialista». El viejo de la disfunción se pone de pie y le remata:
—A mí no se me parará la paloma, ¡pero al país  lo llevan parado desde hace veinticinco años!

El vagón estalló en aplausos, se va la luz y la viejita grita en la oscuridad:
—¡Prendan la luz, coño e' su madre, que el ministro me acaba de manosear el bolso y aquí adentro los únicos que roban somos los pasajeros organizados!

Cuando vuelve la luz, el ministro ha desaparecido y en su asiento solo queda una bolsa de harina vencida. El pasajero de al lado te ofrece un caramelo pegajoso y pregunta con total calma:
—Pana... ¿en el infierno también pedirán carnet de la patria, o ahí el pasaje se paga en divisas?

Y si no pasa nada, siempre queda el Metro: basta con subirse al primer vagón y esperar a que aparezca algún venezolano dispuesto a contar cómo logró sobrevivir a la última decisión del gobierno, al último apagón, al último aumento o, simplemente, a otro día más.

Porque aburrirse en Venezuela ya sería demasiado lujo.

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