SALMO 34, Dios en los detalles rotos


Por: Ricardo Abud

El Salmo 34 tiene una historia detrás que lo hace especialmente fascinante. La tradición lo ubica en un momento de extrema humillación de David: cuando, huyendo de Saúl, fingió locura ante el rey filisteo Abimelec para salvar su vida. Es decir, este himno de alabanza nació no en un momento de triunfo sino en uno de los episodios más vergonzosos de su vida. Y eso lo cambia todo.

El salmista abre con una declaración de alabanza continua: "Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca." Quien dice esto no es un hombre que acaba de ganar una batalla gloriosa. Es un hombre que acaba de hacer el ridículo para sobrevivir. La alabanza que nace de esa circunstancia tiene una textura completamente distinta a la que surge de la abundancia. Es una alabanza que ha pasado por la humillación y ha decidido, de todas formas, elegir la gratitud.

El salmo incluye un llamado a la experiencia directa que es uno de sus versículos más conocidos: "Gustad, y ved que el Señor es bueno." No dice "creed que es bueno" ni "aceptad doctrinalmente que es bueno." Dice gustad. Es una invitación sensorial, casi gastronómica, a una experiencia de primera mano. La fe que propone este salmo no es una abstracción intelectual sino una vivencia acumulada de encuentros concretos con la bondad divina.

Uno de los pasajes más conmovedores del texto es su descripción de a quién le presta Dios especial atención. No a los poderosos, no a los que lo tienen todo resuelto, sino a los quebrantados: "Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu." Esta es una de las afirmaciones más radicalmente contracultural de toda la Escritura. En un mundo que premia la fortaleza demostrada y la invulnerabilidad proyectada, el salmo dice que Dios se inclina especialmente hacia los rotos. La fragilidad no aleja de Dios; se acerca.

El salmo también es honesto sobre el sufrimiento de los justos. No promete una vida sin problemas a quienes viven correctamente. Dice que "muchas son las aflicciones del justo" y lo dice sin disculpas ni eufemismos. Pero añade inmediatamente: "pero de todas ellas le librará el Señor." No hay aquí promesa de exención del dolor, sino de compañía en él y de salida de él. Es una teología del sufrimiento mucho más honesta y sostenible que cualquier versión que prometa prosperidad automática a quien obedece.

El Salmo 34 también tiene una dimensión pedagógica notable. El salmista no solo alaba; enseña. Convoca a los jóvenes y les dice que viene a enseñarles el temor del Señor. Y luego da instrucciones muy concretas y muy humanas: guarda tu lengua del mal, apártate del mal, haz el bien, busca la paz. No hay misticismo oscuro ni exigencias inalcanzables. Hay sabiduría práctica, destilada de la experiencia.

Este salmo es, en suma, el testimonio de un hombre que ha visto a Dios actuar en los momentos más inesperados, incluso en los más vergonzosos, y que ha decidido contárselo a los demás. Es la alabanza que surge no de la perfección sino de la redención. Y por eso mismo, resulta tan profundamente creíble.


Y eso, al final, ya no es tu carga. Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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