Por: Ricardo Abud
El venezolano creció con una pedagogía que no estaba en ningún libro: la del chinchorro, el boche, el vacilón y el chalequeo. Desde el barrio hasta el liceo, desde la esquina hasta el patio de recreo, aprender a recibir y a devolver un chiste a tiempo era una forma de inteligencia social que nadie te enseñaba formalmente pero todos aprendían. El que se quebraba, perdía. El que se reía de sí mismo, ganaba respeto. Era un código tácito, brutal a veces, pero honesto siempre.
Nadie llamó a un psicólogo cuando te pusieron un apodo que te duró veinte años. Nadie paralizó el colegio porque Fulano le dijo gordo a Mengano. Lo que ocurrió fue diferente: Mengano aprendió a responder, a esquivar, a reírse, o en el peor caso, a fajar. Y eso también era una lección. No una lección bonita ni políticamente correcta, pero una lección real sobre cómo funciona el mundo, sobre cómo la gente te va a tratar afuera y sobre cómo tú decides pararte frente a eso.
Hoy ese mismo fenómeno se llama bullying, y con ese cambio de nombre vino un cambio de universo completo. El término importado trajo consigo todo un ecosistema que en Venezuela no existía ni hacía falta: protocolos escolares, talleres de sensibilización, terapias grupales, campañas en redes sociales y, por supuesto, consultorios llenos. No se está diciendo que el maltrato real no merezca atención, porque hay una diferencia enorme entre el chalequeo con reglas y la persecución sistemática que destruye a una persona. Pero esa diferencia se ha borrado deliberadamente, y en ese borrón hay negocio.
La cultura anglosajona, con su tendencia a patologizar la incomodidad humana, exportó un modelo donde cada fricción social es un trauma, cada conflicto entre muchachos es una crisis, y cada niño que llora necesita intervención profesional. Venezuela lo importó completo, como importa tantas cosas, sin preguntarse si calzaba con su propia historia, su propio carácter, su propia manera de relacionarse. Y así, de golpe, lo que antes se resolvía en el patio o a coñazos detrás del liceo, ahora requiere mediación, informe escrito y seguimiento psicopedagógico.
Las redes sociales hicieron el resto. Viralizaron el concepto, lo cargaron de dramatismo, lo convirtieron en contenido. Un video de dos muchachos fajando en un colegio ya no es "una pelea de chamos", es evidencia de una sociedad enferma que hay que reformar urgentemente. El algoritmo premia el escándalo y la indignación, y los padres, los medios y las instituciones bailan al ritmo que el algoritmo marca. Mientras tanto, generaciones enteras crecen sin saber pararse solas frente a nadie, sin haber desarrollado ese cuero duro que da haber sobrevivido un buen chalequeo con dignidad.
El venezolano que vivió ese tiempo sabe que salió entero. Más que entero: salió con humor, con calle, con la capacidad de leer a la gente rápido y de no derrumbarse ante la primera palabra dura. Esa resistencia no era crueldad, era formación. La misma formación que le permitió aguantar décadas de crisis, escasez, humillación institucional y todo lo que este país ha repartido sin pedir permiso. La gente que se quebró ante la realidad venezolana no fue la que recibió chalequeo de niño. Fue, con frecuencia, la que nunca aprendió que la vida no te pide disculpas.
Eso no significa romantizar el abuso ni cerrar los ojos ante quien genuinamente sufre. Significa tener la honestidad de distinguir entre una cultura de resistencia y una industria del victimismo. Significa preguntarse a quién le conviene que los venezolanos, justamente ahora, aprendan a sentirse víctimas de todo. Significa sospechar, con razón, cuando una conducta que durante generaciones produjo gente fuerte, ingeniosa y resiliente, de repente se convierte en el gran mal que hay que erradicar con terapia y etiquetas gringas.
El chalequeo tenía sus propias reglas y sus propios límites. Los ponía la misma comunidad, el mismo patio, la misma calle. Cuando alguien se pasaba, la respuesta llegaba sola, sin mediador. Era un sistema imperfecto, pero era nuestro, y funcionaba. Lo que tenemos ahora es un sistema importado, ajustado a otra cultura, vendido como progreso, y que produce, paradójicamente, gente más frágil, más asustada y más dependiente de una validación externa que antes nadie necesitaba pedir.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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