Por: Ricardo Abud
Mi primer día en el gimnasio y ya lo odio. Mi traumatólogo, que detesto por cierto, me obligó a que me inscribiera en un gimnasio. Yo sabía perfectamente que todo mi sistema de engranaje está jodido. Ni que decir de mis visagras, todas están oxidadas.
Las cañerías están tapadas, los amortiguadores vencidos, los tornillos flojos y algunas piezas del motor ya ni aparecen en el catálogo original. Sabía que un gimnasio no sería la solución, pero el especialista, con la misma sensibilidad emocional de un martillo hidráulico, decidió que esa era la respuesta a todos mis males.
Desde el momento en que crucé la puerta del lugar entendí que algo andaba mal. Aquello no parecía un gimnasio sino un centro experimental para probar cuánto sufrimiento físico puede soportar un ser humano antes de convertirse en polvo cósmico. Las máquinas estaban alineadas como instrumentos de tortura medieval con diseño futurista. Todas parecían observarme con una mezcla de hambre y desprecio.
Mi primer día ha sido un caos emocional donde se han despertado un caudal de emociones encontradas. Hubo momentos en que sentí esperanza. Duró aproximadamente siete segundos. Después llegaron el dolor, la indignación, el arrepentimiento y la certeza absoluta de que mi traumatólogo jamás ha amado a otro ser humano.
Ni que decir de la selva silvestre llena de patologías de mujeres con traumas ancestrales que he detectado. Aquello parecía una expedición antropológica. Mientras intentaba sobrevivir a una serie de repeticiones, observaba alrededor y concluía que cada persona estaba luchando contra demonios distintos. Unas peleaban contra el pasado, otras contra el espejo, algunas contra antiguos amantes y varias parecían estar preparándose para la caída definitiva de la civilización occidental.
El panorama era un festival de selfies: señoras en plena sesión de contorsionismo extremo, claramente haciendo horas extras de juventud acumulada. Parecían divorciadas en misión de rescate, intentando convencerse de que todavía son unas "carajitas". El detalle final que delataba el crimen: unas licras tan ajustadas y modernas que seguramente fueron requisadas del clóset de sus hijas apenas las vieron salir hacia el colegio Yo, por mi parte, estaba luchando contra una bicicleta estática que intentaba enviarme al más allá.
El entrenador, una criatura aparentemente nacida en un laboratorio de proteína en polvo y cafeína industrial, se acercaba con una sonrisa aterradora para anunciar nuevas series y repeticiones. Cada vez que pronunciaba la palabra “otra de 15, o de 20”, una parte de mi alma abandonaba mi cuerpo y se iba a buscar refugio en otro continente.
Cuando me dijeron que hiciera sentadillas, mis rodillas convocaron una reunión de emergencia. Mis caderas emitieron un comunicado oficial de protesta. Mi espalda presentó una denuncia formal. Mis tobillos solicitaron asilo político. Todo mi cuerpo estaba unido en una sola causa: detener aquella locura.
No me calo más los dolores que mi pobre humanidad ha experimentado este primer día con la cantidad de series y repeticiones que me han obligado a realizar. Cada músculo descubrió formas nuevas e innovadoras de sufrir. Existen regiones anatómicas cuya presencia desconocía hasta hoy y que ahora me envían señales de dolor cada treinta segundos para recordarme que siguen vivas.
Al regresar a casa, sentarme fue una maniobra militar de alta complejidad. Levantarme requirió planificación estratégica, apoyo logístico y probablemente autorización internacional. Caminar por el pasillo parecía la recreación de un documental sobre especies heridas en la sabana africana.
Mañana pienso ir a ver el coño e madre ese de mi traumatólogo para que me cambie el tipo de gimnasio y me mande a hacer gimnasia pasiva. Quiero actividades compatibles con el estado actual de mis engranajes. Algo donde uno permanezca acostado mientras otra persona mueve cuidadosamente las piezas defectuosas. Algo civilizado. Algo que no requiera que mis articulaciones redacten cartas de despedida a sus seres queridos.
Porque si este fue apenas el primer día, no quiero imaginar qué ocurrirá en la segunda semana. Sospecho que terminaré convertido en una reliquia arqueológica. Los expertos encontrarán mis restos junto a una máquina de pesas y concluirán que fui víctima de una antigua ceremonia de sacrificio conocida como “entrenamiento funcional”.
Por ahora, mi conclusión es sencilla: el gimnasio y yo pertenecemos a especies distintas. Ellos creen en la superación física. Yo creo en la preservación de las pocas piezas originales que todavía me quedan. Y mientras mañana me dirijo a reclamarle al traumatólogo semejante atentado contra mi integridad mecánica, intentaré dormir. Si logro encontrar una posición que no produzca dolor, crujidos, alarmas internas o la sensación de que mis visagras están pidiendo jubilación anticipada.
Nota: Pagué el mes completo y no tengo idea de qué hacer con los 29 días restantes. Lo peor es que ni siquiera puedo consolarme viendo a alguien interesante; el ambiente se siente más como un geriátrico de lujo con licras de alta tecnología que como un lugar de entrenamiento. Soy una reliquia arqueológica en potencia, esperando a ser encontrado junto a una máquina de pesas.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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