Por: Ricardo Abud
Antes de que alguien me acuse de flojo o de falta de "espíritu deportivo", debo aclarar que hice exactamente lo que dije, fui a ver al traumatólogo. Regresé a verlo, arrastrando los pies como si llevara grilletes, tras mi debut catastrófico en aquel centro de tortura. Apenas crucé la puerta, el tipo me miró con la misma sorpresa de quien ve aparecer a un náufrago que ya habían dado por muerto y cuyo seguro de vida empezaban a disfrutar.
Le expliqué, con la elocuencia de un moribundo, que aquello había sido un error de dimensiones bíblicas. Que mis articulaciones no son bisagras, son reliquias arqueológicas; que mis rodillas tienen más kilómetros de uso que una flota de taxis caraqueños y que mi espalda, ante el menor esfuerzo, emite un crujido que parece el desplome de una estructura patrimonial, lo encaré con toda la indignación de la que era capaz, exigiendo que, ya que el gimnasio me había destruido, al menos me recetara gimnasia pasiva; algo donde uno simplemente se acuesta a recibir descargas eléctricas mientras espera que la vida le devuelva la movilidad.
El traumatólogo escuchó mi alegato con calma zen. Según él, "todo es normal". Al parecer, sentirse atropellado por una estampida de búfalos después del primer día es parte del "proceso de adaptación". Nada de vagancias", con un gesto de absoluta indiferencia ante mi agonía, me dio la estocada final: me mandó a volver al gimnasio por un segundo día. Como si el primer round no hubiera sido suficiente para dejarme en estado de abandono.
Fue entonces cuando le solté el dardo:
—Doctor, ¿y usted por qué no predica con el ejemplo? ¿Por qué no está usted ahí sudando la gota gorda?
El hombre, que exhibe con orgullo unos ciento veinte kilos perfectamente distribuidos entre una panza que desafía la ley de gravedad, unos cachetes de hámster y un cuello que se perdió en la década de los noventa, respondió sin pestañear:
—Problemas de tiroides.
Aquello era tan creíble como un billete de tres dólares. Descubrí en ese instante que, además de traumatólogo, el tipo tiene una carrera brillante en el stand-up comedy. Aun así, tuvo la audacia de insistir: "Vuelva un segundo día, es vital".
Contra toda lógica, contra mi voluntad y contra las recomendaciones de cada tornillo oxidado de mi esqueleto, regresé.
Y el segundo día fue el apocalipsis.
Los instructores, que parecen haber sido criados con batidos de puro odio y esteroides, me recibieron con la alegría de un carnicero ante una res fresca. Nuevas series. Más repeticiones. Máquinas diseñadas por sádicos que claramente odian a la humanidad tanto como yo odio la vida fitness.
Mientras mi cuerpo negociaba una rendición incondicional, cometí el error histórico de llevar mi Apple Watch. A mitad de la jornada, el reloj decidió que yo estaba protagonizando un evento cardiovascular de interés internacional. Comenzó a emitir pitidos y alertas con el entusiasmo de una sirena antiaérea, notificando al mundo entero que mi ritmo cardíaco era un completo desastre.
El resultado fue un desfile telefónico: mis hermanos, mis hermanas, mis hijos y hasta una ex novia, todos querían saber si estaba dando mi último suspiro. Nadie entendió que la taquicardia no era por el ejercicio, o por lo que estaba viendo en el sótano. Era la arrechera. La pura, destilada y profunda arrechera de escuchar, una y otra vez, la frase: "¡Vamos, una serie más!".
Por cierto, el ambiente del gimnasio es otra fauna, una que parece haber sido confinada en el sótano para que el resto del edificio donde reside el geriátrico, en el nivel superior, no tenga que presenciar el caos. El contraste es brutal: mientras arriba el ritmo es pausado y lleno de bastones, aquí abajo el desfile es de otro nivel. Por un lado, están las "chicas del gimnasio": un despliegue de licras tan ajustadas que rozan la ilegalidad y le hacen una competencia desleal a cualquier portal de pornografía de alta resolución. Ellas, encerradas en su burbuja de endorfinas y espejos, se contorsionan con una elegancia que parece un casting para el Cirque du Soleil, ignorando olímpicamente que el resto de los mortales estamos ahí luchando por no convertirnos en una masa de músculos arrepentidos. Me pregunto seriamente si esos outfits fueron diseñados para entrenar o si son una estrategia deliberada para recordarnos al sexo masculino que somos, por naturaleza, seres débiles y distraídos ante semejante espectáculo.
De pronto vi una bella y linda chinita y entendí todo. Comprendí que la salud no puede ser esta tortura medieval. Así que tomé una decisión trascendental: abandoné la fe del gimnasio, y de la gimnasia pasiva y me convertí a la medicina china, mis problemas los resolvería la acupuntura. Prefiero cien agujas clavadas por un experto oriental que un minuto más de tortura bajo las órdenes de un instructor que sonríe mientras me ve morir.
También rompí relaciones diplomáticas con mi traumatólogo, lo mandé pàl carajo. Considero que nuestra alianza profesional ha sufrido daños irreparables; si él quiere ver mi evolución, que me vea desde la distancia, mientras yo me aplico parches en la espalda.
Sin embargo, no todo es pérdida. Todavía me quedan veintiocho días de membresía. Y pienso aprovecharlos. No para entrenar, ni para fortalecer un músculo que ya se rindió hace años. Pienso asistir religiosamente a almorzar por cinco dólares en el cafetín, aprovechando los privilegios de pertenecer a esa fraternidad de locos.
Si alguien pregunta por mis progresos, podré responder con absoluta honestidad: el gimnasio sí cambió mi vida. Resulta que toda esa tortura y el cardio involuntario fueron el entrenamiento perfecto para lo que realmente importaba. Ahora, mientras mi traumatólogo sigue esperando que yo vuelva a la sentadilla, yo me estoy preparando para el verdadero desafío: bailar salsa este sábado con mi chinita. He concluido que, si el destino me puso en ese sótano lleno de gente loca, no fue para fortalecer mis cuádriceps, sino para ponerme en la trayectoria de colisión perfecta. El gimnasio me dejó el cuerpo hecho trizas, pero me dio el mejor premio posible, así que, con permiso: voy a gastarme lo que me queda de membresía en el cafetín para reunir energía, porque el sábado mi espalda va a tener que demostrar que, aunque sea una ruina arqueológica, todavía tiene ritmo para rato.
El traumatólogo puede quedarse con su proceso de adaptación; yo he encontrado mi propia terapia, y te aseguro que, al menos en la pista, nadie me va a gritar ¡vamos, una serie más! mientras intento no emborracharme de tanto whisky y pisarle los pies a mi chinita, bailando al son de la Fania."
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

1 Comentarios
Jajajaja... Buenísimo. Me encanto. Gracias
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