Querido diario:
Hoy amanecĂ con ese peso en el pecho que ya conozco tan bien. Es como si Venezuela entera descansara sobre mis hombros cada vez que abro los ojos. Me quedĂ© un rato largo en la cama, sin ganas de enfrentar la calle, sin ganas de cruzarme con don RamĂłn en la esquina, ese señor que fue maestro durante cuarenta años y ahora rebusca entre las ofertas del mercado con 120 bolĂvares en el bolsillo. Ciento veinte bolĂvares, diario. Menos de un dĂłlar. Eso es lo que le dieron de aguinaldo. Dos meses. Doscientos cuarenta bolĂvares en total.
¿Te acuerdas cuando los aguinaldos eran motivo de celebraciĂłn? Cuando la gente hacĂa planes, pagaba la inicial de un apartamento, se compraba un carro nuevo, llevaba a la familia de viaje. Ahora esos mismos venezolanos, esos que construyeron este paĂs con sus manos y su trabajo, sobreviven con migajas. Y lo peor, diario, lo peor es el silencio. Ese silencio pesado de quien ya no tiene fuerzas ni para quejarse.
Esta mañana pensĂ© en salir a caminar, despejar la mente, pero desistĂ. No quiero ver más rostros resignados, no quiero sentir esa impotencia que me invade cuando cruzo miradas con alguien que lo perdiĂł todo. Me quedĂ© en casa, preparĂ© un cafĂ© aguado porque el que tengo tiene que durar, y me puse a pensar en lo absurdo de todo esto.
Crearon un Ministerio para el Adulto Mayor. Todo un ministerio, diario. Con oficinas, con escritorios, con funcionarios cobrando sueldos. Y mientras tanto, nuestros viejos, los que levantaron esta nación, están abandonados. Es una burla, una estructura burocrática más para aparentar que se hace algo cuando en realidad no se hace nada. Pura fachada, puro engaño.
A veces me pregunto si alguien en el poder mira a los ojos a un anciano cuando le entrega esos 120 bolĂvares. Si alguien siente vergĂĽenza. Pero creo que la respuesta es no, porque si sintieran algo, esto no estarĂa pasando.
Hoy no salĂ, diario. Me quedĂ© aquĂ contigo, desahogándome, porque afuera está el dolor de un paĂs que ya no reconozco. Un paĂs donde los que más merecen están olvidados, invisibles, silenciados.
Mañana será otro dĂa. Quizás tenga más fuerzas. Quizás no. Pero aquĂ estarĂ©, resistiendo como puedo, esperando que algĂşn dĂa todo esto cambie.
Tuyo siempre,
RicardoY eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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