La paradoja del perdón, Romanos 12:17-21


Por: Ricardo Abud

En los recovecos más oscuros del corazón humano habita una tentación universal: la venganza. Ese impulso primario que surge cuando nos hieren, cuando nos traicionan, cuando sentimos que la injusticia ha tocado nuestra puerta. 

Durante siglos, las culturas han celebrado al vengador: el héroe que cobra con sangre, el justiciero que equilibra la balanza. Pero en Romanos 12, Pablo nos invita a un camino radicalmente diferente, tan contrario a nuestra naturaleza que resulta casi perturbador en su belleza.

"No paguéis a nadie mal por mal". Estas palabras, tan simples en su enunciación, encierran una revolución espiritual. Pablo no dice que los males dejarán de existir, ni que la injusticia desaparecerá del mundo. Dice algo más exigente aún: que nosotros, las víctimas, los heridos, los ofendidos, no seremos los instrumentos de nuestra propia retaliación.

Esto toca un lugar tan íntimo de nuestro ser que duele. Cuando alguien nos daña, nuestro instinto más primitivo nos grita por justicia. Queremos que sienta lo que nosotros sentimos. Queremos que su dolor sea el reflejo de nuestro dolor. Y sin embargo, Pablo nos pide algo contrario: procurar lo bueno delante de todos los hombres.

¿Qué significa "procurar lo bueno"? No es una ingenuidad pasiva. No es fingir que el daño no existió. Es algo mucho más difícil: es elegir conscientemente, que nuestras acciones no serán dictadas por el rencor, sino por la integridad. Es vivir de tal manera que, incluso en la adversidad, nuestra conducta permanezca íntegra. Es ser tan fiel a nuestros valores que ninguna ofensa logra pervertirnos.

"Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres". La frase inicial contiene una sabiduría profunda: "si es posible". Pablo no pretende que seamos mágicos. Reconoce que habrá momentos en que la paz no será alcanzable. Reconoce que hay personas que no desean reconciliación, que el otro puede rechazar nuestros esfuerzos. Pero lo importante está en la segunda parte: "en cuanto dependa de vosotros".

Esto es liberador y desafiante a la vez. No podemos controlar las reacciones de otros, pero sí podemos controlar nuestros esfuerzos por la paz. No podemos forzar a nadie a perdonar, pero sí podemos ofrecerlo. No podemos garantizar la reconciliación, pero sí podemos garantizar nuestra disposición sincera hacia ella.

En un mundo que nos empuja constantemente a buscar victorias, a demostrar que tenemos razón, a pisotear a quienes nos pisotean, esta enseñanza es revolucionaria. Es una invitación a un acto de valentía que nadie celebra en las redes sociales: la disposición a la paz incluso cuando tienes derecho a la guerra.


Entonces viene el giro más sorprendente: "No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor".

Esto no es una amenaza velada. No es decir "Dios se encargará de castigarlos por ti". Es algo mucho más profundo: es un acto de fe que implica soltar. Es decir: "Reconozco que la justicia es demasiado grande para mis manos. Yo, en mis heridas y rabia, no soy capaz de juzgar rectamente". Es un acto de humildad que libera.

Cuando renunciamos a la venganza no porque seamos débiles, sino porque confiamos en algo mayor que nosotros, algo extraordinario ocurre: nuestro corazón comienza a sanar. La obsesión con el vengador se desmorona. El rencor, que parecía tan vital para nuestra supervivencia, reveló ser un veneno que nos estaba consumiendo desde adentro.

"Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza".

Este versículo ha sido malinterpretado frecuentemente como una advertencia: "Ten cuidado, porque si lo tratas bien, lo quemarás con tu bondad". Pero la interpretación es más sutil y más hermosa. En la antigüedad, las "ascuas de fuego" evocaban el sentimiento de vergüenza y arrepentimiento. Es decir, cuando alimentas a tu enemigo, no le haces daño físico; le haces algo más profundo: le ofreces la oportunidad de transformarse. Tu bondad inmerecida se convierte en un espejo que te muestra sus propios actos.

Es el poder transformador del amor sacrificial. No es mágico ni instantáneo. Es simplemente que la bondad, cuando es genuina, tiene un peso diferente. Toca lugares en el corazón que la violencia nunca podrá alcanzar.

Piensa en las injusticias que has cometido en tu vida. ¿Fue la condena lo que te cambió, o fue el perdón?

"No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien y el mal". Esta es la síntesis, la culminación de todo lo anterior. La victoria verdadera no consiste en derrotar al enemigo, sino en no permitir que el mal nos defina. Es rehusarse a convertirse en lo que tememos.

Cuando elijamos la venganza, permitimos que el mal dicte nuestras acciones. Nos convertimos en secuela del crimen original. Pero cuando elegimos el bien, cuando elegimos la paz, cuando elegimos la compasión, nos apoderamos de nuestra libertad verdadera. Ya no somos reacción; somos acción. Ya no somos víctimas del mal ajeno; somos creadores de bien.

En nuestro tiempo de redes sociales donde el odio se viral iza en segundos, donde la cancelación es celebrada y la venganza se ve como justicia, estas palabras de Pablo resuenan con urgencia. Nos hablan a un tiempo donde el resentimiento es un artículo de identidad, donde guardar rencor es considerado fuerza.

Pero Pablo nos invita a un camino diferente. No porque seamos demasiado buenos, sino porque seamos demasiado inteligentes para permitir que el odio nos consuma. No porque seamos víctimas pasivas, sino porque hemos encontrado una fuerza mayor en nosotros mismos.

Perdonar no significa que lo que pasó estuvo bien. No significa que no hubo daño. Significa simplemente que nos rehusamos a vivir permanentemente en la habitación del dolor. Significa que elegimos escribir la siguiente página de nuestra historia con tinta diferente.

Y tal vez, solo tal vez, cuando alguien ve esa paz en nosotros, esa inexplicable bondad en medio de la herida, esa integridad que no cede, algo en ellos también comienza a cambiar. Las ascuas de fuego no queman; transforman. Y esa es la verdadera victoria.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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