Por qué el dolor no es propiedad privada


Por: Ricardo Abud

Vivimos en una época extraña. Nos hemos vuelto expertos en coleccionar cicatrices y exhibirlas como si fueran medallas de identidad. Hay un enigma en el corazón de nuestra cultura moderna: cuanto más nos obsesionamos con nuestro dolor individual, más solos nos sentimos. Hemos convertido el sufrimiento en un certificado de existencia, en un grito que sale de un "yo" que se cree el único protagonista del mapa.

La cultura terapéutica del último siglo nos ha entrenado para construir relatos en primera persona sobre cada herida, cada contratiempo, cada decepción. "Mi trauma", "mi ansiedad", "mi depresión", él pronombre posesivo se adhiere al sufrimiento como una calcomanía permanente. Pero esta apropiación lingüística del dolor revela algo inquietante: hemos confundido experimentar con poseer, hemos convertido el sufrimiento en propiedad privada. En mi juventud todo se resolvía de manera diferente. 

Los antiguos imperturbables  entendían algo que nosotros olvidamos: el dolor que atraviesas no es "tuyo" en un sentido exclusivo. Es simplemente algo que ocurre en el amplio escenario de la vida. Cuando esa voz de la razón antigua decía que no nos perturban las cosas, sino lo que pensamos sobre ellas, nos estaba dando una llave maestra. La personalización del sufrimiento es una elección interpretativa, no una ley de la naturaleza.

Hoy, el estatus de víctima otorga una especie de moneda de cambio social. Pero ser el "arqueólogo de tus propias ruinas" tiene un precio altísimo. Si te pasas la vida excavando para encontrar nuevas pruebas de lo que te hicieron o de lo que te faltó, te quedas atrapado en el pasado. La victimización crónica es, aunque suene duro, profundamente egocéntrica. Te obliga a mirar siempre hacia adentro, hacia el "yo herido", construyendo una identidad basada en la carencia.

"Si pasa es porque así debía de ser". Aceptar la realidad tal cual es no significa rendirse, sino reconocer nuestro punto de partida. Gran parte del sufrimiento que cargamos es 'extra': es el peso de nuestra propia resistencia mental ante lo que ya ocurrió. Cuando soltamos la exigencia de que las cosas fueran diferentes, el dolor se simplifica y dejamos de luchar contra lo que no podemos cambiar para ocuparnos de lo que sí está en nuestras manos

Cuando dejamos de personalizar cada contratiempo, cuando dejamos de preguntarnos "¿por qué a mí?", ocurre algo liberador: el sufrimiento pierde su carga de significado personal. No es que duela menos, él dolor físico o emocional sigue siendo real, pero ya no carga con el peso adicional de la interpretación victimista. Es simplemente parte del oleaje de la existencia, las olas que rompen contra todas las costas, no específicamente contra la nuestra.

Hay algo profundamente humano pero también profundamente ilusorio en creer que nuestro dolor es único, especial, incomparable. Esta personalización extrema del sufrimiento nos ciega ante una verdad incómoda: millones de personas antes que nosotros han experimentado pérdidas similares, traiciones parecidas, desilusiones equivalentes. No porque nuestro dolor sea menos real, sino porque el sufrimiento es parte de la condición humana compartida, no una marca distintiva individual.

El budismo lo expresó con claridad hace milenios: el sufrimiento  es universal. Cuando personalizamos obsesivamente nuestro dolor,  nos separamos de la comunidad de sufrientes, es decir, de la humanidad entera. Nos volvemos islas de agonía autoconsciente en lugar de reconocernos como parte del continente del sufrimiento humano.

El problema comienza con el lenguaje mismo. La gramática de las lenguas indoeuropeas nos obliga a construir oraciones con sujetos agentes: "Yo sufro", "Yo siento", "Yo padezco". Pero otras tradiciones lingüísticas han encontrado formas más impersonales de expresar la experiencia: en lugar de "yo tengo dolor", algo más cercano a "hay dolor aquí" o "el dolor está presente". Esta sutileza gramatical revela una filosofía: el dolor puede ser experimentado sin necesidad de apropiarse de él, sin construir una identidad alrededor de él.

Cuando decimos constantemente "mi dolor", estamos realizando un acto de magia verbal: estamos conjurando un vínculo entre el yo y el sufrimiento que podría no ser tan sólido como creemos. ¿Qué pasaría si en lugar de decir "estoy deprimido" dijéramos "la depresión está presente"? ¿Cambiaría algo? Quizás sí: cambiaría la relación entre el observador y lo observado, entre el experimentador y lo experimentado.

Aquí surge una objeción legítima: ¿no es esta actitud una forma de complicidad con la injusticia? ¿No necesitamos personalizar el dolor para denunciarlo, para exigir cambios, para que se reconozcan los abusos y se reparen los daños? Esta tensión es real y no admite respuestas fáciles.

La clave quizás está en distinguir entre el reconocimiento práctico del sufrimiento y su fijación identitaria. Podemos documentar una injusticia sin convertirnos en la injusticia. Podemos luchar contra sistemas opresivos sin que nuestra identidad entera se reduzca a ser víctimas de esos sistemas. Podemos exigir reparación sin que el "yo doliente" se convierta en nuestra única forma de existir en el mundo.

Cuando dejamos de personalizar obsesivamente nuestro propio dolor, aumenta nuestra capacidad de compasión hacia el dolor ajeno. Ya no estamos tan absortos en la contabilidad de nuestras propias heridas como para no percibir las heridas de otros. La despersonalización del sufrimiento propio puede ser el camino hacia una personalización más genuina del sufrimiento colectivo.

Los grandes reformadores sociales, los verdaderos revolucionarios del espíritu, rara vez han sido personas obsesionadas con su propio dolor. Han sido, más bien, quienes trascendieron su sufrimiento individual para conectarlo con patrones más amplios, quienes vieron en su experiencia particular un reflejo de injusticias estructurales que afectan a muchos.

Tal vez el problema no sea el dolor mismo sino nuestra necesidad de poseerlo, de firmarlo con nuestro nombre, de enmarcarlo en la galería de nuestro yo. El dolor que vivimos puede ser experimentado sin ser apropiado. Puede ser reconocido sin ser monumentalizado. Puede ser atravesado sin convertirse en el eje de nuestra identidad.

La libertad no consiste en eliminar el dolor (eso es imposible), sino en cambiar cómo te vinculas con él. El universo no nos debe una vida sin tropiezos. El sufrimiento no es un error en el sistema; es parte del código de estar vivos.

Soltar la propiedad sobre el dolor es el acto más humano que existe. El dolor deja de ser "mío" para ser simplemente dolor, una corriente que fluye a través de todos nosotros. Y en ese desapego, curiosamente, es donde uno empieza a estar realmente presente y realmente vivo.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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