Hay personas que iluminan la vida con su sola presencia, que convierten los días grises en momentos memorables con el don invaluable de la risa. Rolando, nuestro amado hermano, fue una de esas almas luminosas que dejó en cada uno de nosotros el eco imperecedero de su alegría.
Era un jodedor nato, de esos que saben encontrar el lado ligero de la existencia, que regalan sonrisas como quien reparte tesoros. Su humor chispeante era el condimento que sazonaba nuestras reuniones familiares, el bálsamo que aliviaba las tensiones, el puente que nos unía en la complicidad de la risa compartida. Con él, los problemas parecían más pequeños y los momentos felices se agigantaron.
Pero la vida, en su caprichosa crueldad, le arrebató lo que más amaba. La partida de Daniela, nuestra bella Daniela, le abrió una herida que ningún tiempo pudo cerrar. Vimos cómo luchaba, cómo intentaba mantenerse en pie cuando el mundo se le derrumbaba. Luchó contra el dolor con la misma intensidad con la que antes había regalado alegría, pero hay batallas que se libran en la soledad del alma, donde ni el amor de los que quedamos puede alcanzar.
El dolor lo venció. No por debilidad, sino porque hay amores tan profundos que su ausencia deja un vacío imposible de llenar. Rolando se entregó, no por cobardía, sino quizás buscando el reencuentro con aquella que había sido su luz. El primero de diciembre de ese año aciago, su risa se apagó para siempre en este mundo.
Pero nuestra historia familiar no termina en la tragedia. Treinta días después, en la última noche de ese mes que nos arrebató tanto, nuestra madre nos mostró lo que significa la verdadera valentía. Con una fortaleza que solo el amor materno puede forjar, cerró las puertas de la casa y nos convocó a todos. No para llorar en el silencio de la desesperanza, sino para alzar nuestras voces en oración, para pedir por el descanso eterno del hijo que había partido.
En esa oración colectiva, guiados por la voz firme de nuestra madre, encontramos lo que Rolando siempre nos había dado: unión. Juntamos nuestras voces, no solo para despedirlo, sino para honrar su memoria con la misma fortaleza con la que él enfrentó sus días, con la misma fe con la que nuestra madre nos enseñó a mirar más allá del dolor.
Rolando ya no camina entre nosotros, pero su esencia permanece como perfume en el aire después de que la flor se ha marchitado. Su risa es ahora un eco que resuena en las paredes de nuestra memoria, un regalo que guardamos como tesoro en el cofre del corazón. Y aunque el dolor de su ausencia es una herida que nunca cerrará del todo, llevamos la certeza luminosa de que en algún lugar más allá del velo de esta realidad, Rolando ha vuelto a encontrar a su Daniela.
Imaginamos ese reencuentro como el amanecer después de la noche más larga: él corriendo hacia ella con esa sonrisa que conocimos, ella esperándolo con los brazos abiertos, ambos fundiéndose en un abrazo que ninguna muerte podrá volver a romper.
Descansa, hermano amado. Que tu alma dance en la eternidad con la misma gracia con que bailaste en la vida. Que tu risa, esa música que nos regalaste, siga sonando en nuestros corazones como una melodía inmortal. Y que sepas, dondequiera que estés, que fuiste y serás siempre la luz que nunca se apaga, el amor que nunca muere, el hermano que llevamos tatuado en el alma.
Hasta que volvamos a encontrarnos en ese lugar donde no existen las despedidas.
Con amor eterno, tus hermanos y hermanas, tu familia entera que te recuerdan.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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