El Salmo 17 constituye una de las oraciones más intensas y personales del Salterio, presentándose como una súplica individual en la que el salmista clama por justicia divina frente a la persecución injusta. Este salmo, atribuido a David, revela la profunda relación entre el orante y Dios, basada en la confianza absoluta en la justicia divina y en la certeza de la propia inocencia.
Desde sus primeros versículos, el salmo establece un tono de urgencia y sinceridad: "Escucha, oh Jehová, una causa justa; está atento a mi clamor". El salmista no solo pide ser escuchado, sino que invita a Dios a examinar su vida, sus pensamientos y sus acciones más íntimas. Esta invitación al escrutinio divino demuestra una confianza extraordinaria en la propia integridad moral. El orante se presenta ante Dios sin máscaras ni pretensiones, consciente de que ante el Señor no hay secretos posibles.
La estructura del salmo alterna entre la súplica personal y la descripción de los enemigos. Los adversarios son retratados con imágenes poderosas: tienen el corazón cerrado, hablan con arrogancia y acechan como leones hambrientos. Esta metáfora zoológica no es casual; el león representa la amenaza mortal, el peligro inminente y la violencia despiadada. El salmista se encuentra rodeado, observado y acosado por quienes buscan su destrucción.
Lo más notable del Salmo 17 es la petición final del orante. No pide venganza cruel ni la aniquilación total de sus enemigos. En cambio, solicita ser "guardado como a la niña de tus ojos" y ser escondido "bajo la sombra de tus alas". Estas imágenes transmiten intimidad, ternura y protección absoluta. El ojo es el órgano más delicado del cuerpo humano, que protegemos instintivamente; las alas evocan el cuidado maternal del ave que cobija a sus polluelos.
El salmo concluye con una declaración de fe esperanzada: "En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza". Esta conclusión trasciende la situación inmediata de persecución y apunta hacia una realidad más profunda: el anhelo de comunión con Dios. El salmista no se conforma con la liberación temporal de sus problemas; aspira a la contemplación divina, a despertar transformado por el encuentro con el Señor.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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