Viernes, 27 de marzo
Querido diario:
Hay semanas que pesan y semanas que vuelan. Esta fue de las que vuelan, y sin embargo aquí estoy, deteniéndome a escribir porque algo en esta noche merece quedarse guardado para siempre.
Al salir del trabajo, casi por instinto, marqué su número. No hacía falta decir mucho, con Natasha nunca hace falta. Basta una palabra, media frase, y ya nos entendemos. Le propuse el bar Strelka, ese lugar que teníamos pendiente desde hace meses, uno de esos planes que la vida cotidiana siempre empuja para después. Hoy, por fin, fue hoy.
Y ella dijo que sí. Como siempre dice que sí cuando se trata de estar juntos.
Llegamos al Strelka y desde el primer momento supe que valió la espera. Música que entraba suave por los oídos, gente con buena energía, luces cálidas que hacían todo parecer más bonito. Pero lo más bonito, como en todos los lugares a los que vamos, era ella. Natasha sentada frente a mí, riendo, hablando, siendo exactamente quien es, y yo pensando, no por primera vez ni por última, que no me canso. Que después de todo el tiempo que llevamos compartiendo un techo, una cama, una vida entera, todavía me sorprende. Todavía me gana.
Eso es lo que no le cuento a mucha gente: que vivir con alguien puede volverse rutina, o puede volverse hogar. Con ella se volvió hogar. La veo recién levantada y me enamoro. La veo arreglada para salir, como esta noche, y me vuelvo a enamorar. Son dos amores distintos y los dos son míos, el amor de la intimidad tranquila, de las mañanas sin maquillaje y el café compartido, y el amor del asombro, el de verla brillar y pensar ¿cómo tuve tanta suerte?
Estuvimos horas en el Strelka Hablamos de todo y de nada, como hacemos siempre. Nos reímos de cosas que solo nosotros entenderíamos. En algún momento la música subió y el bar se llenó más, y en medio de todo ese ruido yo solo escuchaba su voz.
Al salir, la noche estaba fresca. Tomamos un taxi de regreso al apartamento, nuestro apartamento, ese pequeño universo que hemos ido llenando de cosas, de costumbres, de nosotros. Ella apoyó la cabeza un momento y yo miré por la ventana: las luces de la ciudad pasando, el mes de marzo despidiéndose en silencio.
Marzo se va. Y se va bien, con esta noche guardada adentro.
A veces pienso que el amor grande no siempre llega en los momentos extraordinarios. A veces llega un viernes cualquiera, en un bar que teníamos pendiente, en un taxi de regreso a casa, en la forma en que ella me mira cuando cree que no la estoy viendo.
Natasha. Mi primer amor de cada día y mi segundo amor de cada noche.
Gracias por esta semana. Gracias por este mes. Gracias por ella.
Yo
Nota: Mañana debo llamar a nieto Darian, cumple sus primeros 9 años.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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