Por: Ricardo Abud
Existen cargas que el ser humano aprende a cargar con tal destreza que ya ni siente su peso. Las normaliza. Las integra a su postura, a su manera de caminar, a la forma en que respira. Hasta que el cuerpo , o el alma, comienza a protestar. El Salmo 32 habla de esa carga específica: la culpa no confesada, el pecado guardado en silencio, y del alivio extraordinario que produce soltarlo.
David, a quien se le atribuye este salmo, comienza con una bienaventuranza doble. Declara dichoso , profunda, verdaderamente dichoso, a aquel cuya transgresión ha sido perdonada, cuyo pecado ha sido cubierto. Es significativo que empiece por el resultado antes de narrar el proceso. Nos dice primero lo que se gana antes de mostrarnos lo que cuesta. Es una estrategia literaria que también es una estrategia pastoral: primero el horizonte, luego el camino.
Y entonces viene la confesión autobiográfica, que es el corazón del salmo. David describe lo que vivió mientras mantuvo su pecado en silencio: "Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano." Esta es una descripción clínica de lo que hoy llamaríamos el impacto psicosomático de la culpa. El cuerpo registra lo que la mente rechaza procesar. Los huesos envejecen, las fuerzas se secan como en el calor del verano. No es metáfora vacía: es la descripción de alguien que conoce de primera mano cómo la conciencia cargada produce deterioro físico y emocional real.
Lo que transforma el salmo , y la vida del salmista, es un momento de rendición: "Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado." La brevedad de esta secuencia es elocuente. La carga que tardó meses o años en acumularse, que consumió energía y salud, se resuelve en el instante en que hay honestidad. No hay aquí mérito humano ni esfuerzo moral extraordinario. Solo transparencia. Solo el acto de dejar de esconderse.
El Salmo 32 enseña algo que la psicología moderna ha confirmado y que la espiritualidad superficial frecuentemente evita: el secreto enferma, y la verdad sana. No cualquier verdad dicha a cualquiera, sino la verdad dicha al lugar correcto, con la actitud correcta. David no hace una confesión pública de sus fallos para ganarse la admiración de su audiencia. Hace una confesión íntima, dirigida a Dios, que es fundamentalmente un acto de confianza: creer que del otro lado de la honestidad hay gracia, no condena.
El salmo continúa con una promesa que es a la vez íntima y práctica: Dios se convierte en instructor, en guía que señala el camino con sus ojos puestos sobre el que busca dirección. Es una imagen de cercanía y de cuidado personalizado. No el Dios distante que lanza mandatos desde lejos, sino el que acompaña el proceso de aprendizaje de quien quiere vivir bien.
Hacia el final, el tono se vuelve casi jubiloso. David exhorta a los rectos a alegrarse, a gritar de júbilo. Hay en ello algo liberador: la persona que ha experimentado el perdón se convierte naturalmente en alguien que quiere que otros lo experimenten también. La gracia recibida produce generosidad espiritual. El Salmo 32 es, en definitiva, un testimonio de que la honestidad con Dios no destruye, libera.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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