Por: Ricardo Abud
Viajar me ha enseñado cosas que ningún libro puede enseñarme. Me pone frente a frente con la vida de otros, con sus silencios, con sus miradas. He visto parejas mayores sentadas en plazas de ciudades que nunca soñaron visitar, con rostros que cargan el peso de lo que pudo ser y no fue.
Parejas que quizás solo conservan, como reliquia de su intimidad, el recuerdo de algún momento de calor compartido. Si midiera su vida por lo que alguna vez quisieron lograr, la conclusión sería amarga: llegaron tarde. Estuvieron tarde donde querían estar.
Esa imagen me persigue, no con crueldad, sino como advertencia. Porque he aprendido que el éxito no es una cifra universal. No es el mismo número para todos. Yo mido el mío de otra manera: por lo que he alcanzado en el momento en que debía alcanzarlo. Cada etapa de mi vida ha tenido sus logros justos, los precisos, los que correspondían. No más, no menos. Y en esa exactitud encuentro algo que mucha gente con más títulos y más dinero no ha encontrado: paz.
Estoy en paz con lo que he hecho. Esa frase suena sencilla, pero es extraordinariamente difícil de pronunciar con honestidad. Requiere haber vivido sin traicionarme demasiado, haber tomado decisiones que, aunque imperfectas, fueron propias. Requiere no haber esperado que la vida ocurriera mientras uno planeaba vivirla.
Y en medio de todo ese camino recorrido, ha habido amor. Amor que no se anuncia ni se exhibe, pero que lo sostiene todo por dentro. He amado con la misma intensidad con que he viajado: sin reservas, sin calcular el regreso. He querido a personas que me han dejado algo permanente en el alma, que han cambiado la manera en que miro un amanecer o escucho el silencio. El amor ha sido mi equipaje más honesto, el único que nunca pesa aunque siempre se lleva. Y eso, más que cualquier destino alcanzado, es lo que le da sentido a cada paso que he dado en esta vida.
Pero si hay algo que ha caminado conmigo en silencio, sosteniéndome cuando el camino se puso oscuro o incierto, eso ha sido la fe. No la fe ciega ni la fe cómoda, sino la fe viva, la que se afirma precisamente cuando menos razones aparentes tiene para existir. He puesto mi confianza en Dios no como quien deposita un seguro, sino como quien reconoce que hay una mano más sabia guiando lo que los ojos no alcanzan a ver. La esperanza ha sido mi brújula en los momentos en que el mapa no servía de nada. Y cada vez que dudé, cada vez que el cansancio quiso convencerme de que ya era suficiente, algo más grande que yo me recordó que todavía no. Que aún quedaba camino. Que aún quedaba propósito. En esa certeza, que no viene de mí sino de algo que me trasciende, he encontrado la fuerza más duradera de todas.
Y sin embargo, no hablo desde la quietud del que ya terminó. Me quedan sitios por recorrer. Nombres de ciudades que aún resuenan en mi cabeza como promesas pendientes, paisajes que solo existen todavía en mapas y en la imaginación. Y lo que más me alegra, lo que encuentro verdaderamente valioso, es que confío en que puedo disfrutarlos con la misma intensidad con que los planeé. No con la resignación del que llega tarde, sino con la plenitud del que llega a tiempo.
Eso, para mí, es el verdadero éxito.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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