El Desamor


Por: Ricardo Abud

Hay una versión del dolor que nadie te enseña a reconocer: la que no llega de golpe, sino que se instala despacio, como el frío cuando se va la calefacción. El desamor no siempre tiene un momento exacto. No siempre hay una pelea, una traición, una última vez. A veces simplemente ocurre que un día miras a la persona que tienes al lado y ya no reconoces en ella el refugio que alguna vez fue.

El desamor más difícil de procesar no es el que te rompe en dos con una sola noticia. Es el que llega en cuotas. El que se cobra un pequeño pedazo de ti cada vez que decides quedarte callado cuando debías hablar, cada vez que sonríes cuando en realidad quieres llorar, cada vez que finges estar bien porque ya no tienes energía para explicar que no lo estás. Ese tipo de desamor es silencioso, casi administrativo. Va archivando distancias hasta que un día te das cuenta de que llevan meses viviendo como dos extraños que comparten techo, rutina y el mismo lado de la cama.

Lo que pocos admiten es que el desamor puede convivir con el amor. Que se puede querer a alguien y al mismo tiempo saber, en algún lugar profundo, que esa historia ya cumplió su ciclo. Esa contradicción es quizás la más agotadora de todas, porque te obliga a sostener dos verdades que parecen incompatibles: te quiero, y esto ya no funciona. Te quiero, y me haces daño. Te quiero, y necesito irme.

La sociedad nos ha enseñado a romantizar la permanencia. Como si durar fuera sinónimo de amar bien. Como si irse fuera un fracaso y quedarse, sin importar el costo, fuera una virtud. Pero nadie habla del daño que se acumula cuando dos personas se aferran a una relación más por miedo al vacío que por convicción. El miedo a la soledad tiene una forma particular de disfrazarse de amor, y ese disfraz puede ser muy convincente.

Cuando el desamor finalmente se nombra, cuando alguien tiene el valor o la desesperación suficiente para decir "ya no puedo", suele venir una culpa desproporcionada. Como si sentir que el amor se acabó fuera una traición moral. Como si los sentimientos fueran una decisión que alguien tomó irresponsablemente. Nadie elige dejar de amar. Nadie se levanta una mañana y piensa: hoy voy a dejar de sentir lo que siento. El desamor ocurre, igual que el amor ocurrió, sin pedir permiso.

El proceso de sanar tampoco es lineal. Hay días en que se respira con más facilidad y días en que un olor, una canción, una luz a cierta hora de la tarde, derrumban todo el andamiaje que creías haber construido. El duelo por una relación es un duelo real, con todas sus etapas y sus retrocesos, aunque la persona siga viva y caminando por el mundo. A veces eso lo hace más difícil: no hay un funeral, no hay un ritual colectivo de despedida. Solo hay un hueco que aprendes, lentamente, a no llenar con la persona equivocada.

Lo que queda después del desamor, si uno se permite atravesarlo en lugar de evadirlo, no es solo cicatriz. Es también conocimiento. Conocimiento sobre lo que uno necesita, sobre lo que uno es capaz de dar, sobre los límites que antes no sabía que tenía. El desamor, en su brutalidad, es también una forma extraña de encontrarse.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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