La distancia que duele más


Por: Ricardo Abud

Hay distancias que se miden en kilómetros y otras que no tienen unidad de medida. Las peores son esas que aparecen entre dos personas que duermen en la misma ciudad, tal vez a pocas cuadras una de otra, pero que de pronto ya no están juntas de verdad.

Al principio ella estaba ahí. Te alentaba a seguir adelante, a creer en lo que venía, a sostener la relación pese a que la vida se empeñaba en complicarlo todo. Esos mensajes suyos eran como pequeñas linternas en medio de la oscuridad: "vamos a lograrlo", "esto es temporal", "te extraño pero vale la pena". Y tú le creías. Más que eso: construías tu esperanza sobre esas palabras, como quien levanta una casa sobre cimientos que parecían sólidos.

Pero algo cambió. No de golpe, porque eso sería más fácil de procesar. Fue gradual, como cuando el verano se va convirtiendo en otoño sin que te des cuenta hasta que un día hace frío y ya no sabes en qué momento empezó. Sus mensajes se volvieron más cortos, más espaciados. Las llamadas que antes eran refugio ahora se sienten como trámites. Y lo peor es que cuando preguntas qué pasa, ella dice que nada, que está cansada, que es el trabajo, que son las circunstancias. Las mismas circunstancias que antes prometían enfrentar juntos.

Te quedas con una sensación de vértigo, como si el piso se moviera bajo tus pies. Porque la distancia física siempre estuvo clara: sabían que habría semanas o meses separados por el trabajo, los estudios, la familia o cualquier otra razón válida que la vida pone en el camino. Eso lo aceptaste. Para eso es el amor, pensabas: para elegirse incluso cuando es incómodo, cuando requiere esfuerzo, cuando la ausencia pesa.

Lo que no negociaste, lo que no viste venir, es esta otra distancia. La emocional. Esa que aparece cuando alguien decide, consciente o inconscientemente, empezar a retirarse. Cuando deja de preguntarte cómo estuvo tu día no porque se le olvide, sino porque ya no tiene el mismo interés. Cuando sus respuestas son cordiales pero vacías, cuando sientes que hablas con una versión educada de quien amabas pero no con ella realmente.

Y lo intentas. Claro que lo intentas. Le escribes más, tratas de recuperar esa conexión, propones planes, buscas formas de cerrar la brecha. Pero es como abrazar el aire. Porque cuando hay correspondencia, la distancia es un obstáculo; cuando no la hay, la distancia es una excusa. Y ella ya no está del otro lado jalando la cuerda contigo. Tal vez la sostiene por compromiso, por culpa, por no saber cómo soltarla, pero ya no jala.

Lo que duele no es solo la ausencia de ella. Es la ausencia de la versión de ella que te alentó a creer que esto era posible. Es descubrir que las palabras que te dijo eran sinceras en su momento pero no eran promesas. Que su "vamos a lograrlo" tenía una cláusula en letra pequeña que decía: "siempre y cuando no sea muy difícil, siempre y cuando yo no cambie de opinión".

Te sientes tonto por haber confiado tanto. Por haber organizado tu vida, tus decisiones, tu esperanza alrededor de un proyecto compartido que resultó no ser tan compartido. Y lo más cruel es que no hay un villano claro en esta historia. Ella no te mintió deliberadamente. La gente cambia, se cansa, se asusta. Tiene derecho a replegar su corazón cuando el peso se vuelve demasiado. Entenderlo racionalmente no hace que duela menos.

Porque tú sigues queriendo. Sigues eligiéndola cada día mientras sientes que ella ya te des-eligió. Y esa asimetría es devastadora. Es estar en una sala de espera eterna, sin saber si algún día te van a llamar o si deberías simplemente irte. Es preguntarte cada noche si mañana ella volverá a ser quien era o si esta nueva versión distante es la definitiva.

La distancia impuesta por la vida es injusta pero soportable cuando ambos la enfrentan juntos. La distancia que uno crea mientras el otro todavía está ahí, extendiendo la mano, es una forma particular de soledad. Porque te das cuenta de que el problema no son los kilómetros. Es que hay distancias que se crean en el interior de las personas, en esos lugares donde deciden cuánto espacio darle al otro, cuánta energía invertir, cuánto seguir intentando.

Y tú te quedas en medio, entre el amor que todavía sientes y la realidad de lo que ya no es. Preguntándote hasta cuándo es noble seguir esperando y en qué momento se convierte en negación. Hasta cuándo es amor propio insistir y cuándo es simplemente quedarse donde ya no te quieren del modo en que necesitas ser querido.

Porque al final, eso es lo que más perturba: no es que ella se haya ido. Es que se fue sin irse. Está pero no está. Y tú sigues aquí, en esta distancia que nadie mide pero que es la más larga de todas.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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