Mi diario hoy


18 de marzo de 2026

Querido diario,

Son las horas de la madrugada aquí en Moscú y no puedo dormir, aunque el sueño me aplasta. Natasha refunfuña desde el cuarto, nunca va a entender. Nadie aquí entiende. En estas tierras donde el invierno congela hasta el alma, el béisbol es una palabra extraña, un deporte de otro mundo. Pero para mí, para nosotros, es sangre.

Me levanté a oscuras, prendí la pantalla, y ahí estaba: Venezuela contra los Estados Unidos. La final del mundo. El partido más grande.

Los gringos llegaron como siempre llegan: con la arrogancia de quien cree que ya ganó antes de jugar. Con Aaron Judge, con Bryce Harper, con su alineación de estrellas como si fueran dioses del Olimpo, como si el triunfo fuera ya un trámite. La misma prepotencia de siempre.

Y sin embargo, Dios estaba con los nuestros.

Eduardo Rodríguez, ese zurdo que muchos daban por acabado, calló bocas durante más de cuatro innings. La fe de Omar López en su gente fue inquebrantable. Nuestros muchachos jugaron con el corazón en la mano y la vinotinto en el alma. Wilyer Abreu, ese muchacho que el mundo aún no conoce bien, conectó el cuadrangular que abrió la brecha. Y en el noveno, cuando Harper le había robado el alma al estadio con ese jonrón descomunal que empató el juego,  ese momento de silencio que sentí aquí en Moscú como una puñalada,  fue Eugenio Suárez quien respondió. Doble remolcador. 3-2. Y Venezuela no miró atrás.

Daniel Palencia cerró. Tres outs. La historia.

Perez atrapó el último lanzamiento y saltó al aire. Palencia golpeó su pecho. Suárez cayó de rodillas. Y yo, aquí en este apartamento helado de Moscú, lloraba frente a la pantalla.

Natasha entró al cuarto con cara de pocos amigos. Le dije: "¡Campeones del mundo!" Ella volvió a la cama sin decir nada, no entendia que estaba pasando.

Moscú no sabe de béisbol. Pero esta noche, Venezuela le ganó al Imperio. Y eso, querido diario, vale más que el sueño.

¡Viva Venezuela!

Y eso, al final, ya no es tu carga. 
 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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