Por: Ricardo Abud
1 Samuel 17:45 "Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos..."
Lo que el mundo presenció en el Clásico Mundial de Béisbol 2026 no fue simplemente un torneo deportivo; fue una colisión entre dos dimensiones. Por un lado, el despliegue de la lógica, el dinero y la prepotencia; por el otro, un ejército de hombres que no solo bateaban pelotas, sino que movían montañas con la fuerza del espíritu.
Cuando un pueblo entero se arrodilla con el corazón abierto y eleva su voz al Padre Creador, el universo no tiene más opción que reorganizarse para responder. Venezuela no ganó por casualidad; ganó porque alineó su alma con el propósito divino.
En el silencio que precede al swing perfecto, en la mirada enfocada del lanzador antes del strike, en la energía vibrante de un estadio que ruge al unísono, se gesta algo más grande que un juego. Lo que acaba de ocurrir con Venezuela en este escenario mundial trasciende la lógica deportiva y se instala en el territorio de lo milagroso. No es casualidad que, en medio de la presión más absoluta, un grupo de hombres se tome un momento para inclinar la cabeza, para leer un versículo, para dar gracias. Esa pausa sagrada no es un simple ritual; es la activación de una fuerza que reorganiza el universo a nuestro favor.
Desde el inicio del torneo, el equipo de Estados Unidos se presentó con la armadura de la invencibilidad. Caminaban por los pasillos de los estadios con esa mirada de quien se siente dueño del juego, confiados en sus contratos multimillonarios, en sus estadísticas perfectas y en una soberbia que rozaba lo absoluto. Para ellos, Venezuela era solo un obstáculo menor en un guión que ya creían escrito. Se sentían los "dueños de casa" incluso fuera de ella, proyectando una prepotencia que subestima la mirada encendida de nuestros peloteros.
Mientras ellos se apoyaban en la frialdad de los datos y en el orgullo de sus nombres, Venezuela se apoyaba en algo que ninguna computadora puede medir: la unción. El equipo estadounidense jugaba para confirmar su estatus; el nuestro jugaba para rescatar la esperanza de una nación. Esa fue la gran diferencia. El orgullo ciega, pero la humildad conecta con la fuente de todo poder.
La fe de esta selección no fue un adorno decorativo; fue el alma de cada entrada. En el dugout venezolano no solo había bates y guantes, había un altar invisible. Cada vez que los jugadores se reunían en círculo, hombro con hombro, estaban activando el "Yo Soy" conectado a Dios. No pedían permiso para ganar; decretaban la victoria porque sabían que no estaban solos.
El amor por la tierra, por esa "Pequeña Venecia" que ha sufrido tanto, se convirtió en un combustible sagrado. Cada carrera anotada era un abrazo para el venezolano que está en el extranjero, para el que está en un hospital, para el que lucha día a día en la calle. Ese amor transmutó el cansancio en fuerza y el miedo en una paz que sobrepasa todo entendimiento. Mientras los rivales se desesperaban ante la presión, nuestros guerreros encontraban refugio en la oración, esa pausa sagrada que silencia el ruido del mundo para escuchar la voz del Creador.
La perseverancia de este equipo es el reflejo de la resiliencia de su gente, no le dieron permisos a algunos grandes de Venezuela como Altuve, verlo en las gradas nos hablo de su grandeza, apoyando a equipo de todos los venezolanos, Alvarado. y otros tantos quedaron con las ganas de representarnos Venezuela lleva años atravesando tormentas, aprendiendo a orar con una intensidad que otros no comprenden. Ese dolor acumulado no se perdió; se transformó en combustible. La perseverancia no es sólo resistir, es avanzar con la certeza de que el sol saldrá, sin importar qué tan larga sea la noche.
En la final, cuando los momentos de tensión máxima llegaron, vimos la diferencia entre un atleta común y uno ungido. Vimos a jugadores que, en lugar de apretar los dientes con rabia, cerraban los ojos para dar gracias. Esa perseverancia espiritual es la que permitió que Venezuela no flaqueara ante el poderío técnico del rival. Como dice Filipenses 4:13, la fortaleza no venía de sus músculos, sino de Aquel que los sostenía.
Cuando cayó el último out, el silencio de la incredulidad se apoderó de quienes apostaron por la lógica fría, pero el estruendo de la gloria estalló en el cielo venezolano. Ver a Daniel Palencia de rodillas, reconociendo que su brazo fue solo un instrumento, y escuchar a Eugenio Suárez declarar ante el mundo que "Toda la gloria es para el Señor", fue el sello de un pacto.
No fue solo un trofeo de metal; fue la manifestación de que la luz que emanamos los venezolanos es más poderosa que cualquier oscuridad externa. El mundo hoy mira a Venezuela con asombro, no solo por cómo jugamos, sino por cómo creemos. Hemos demostrado que la oración no es un acto de debilidad, sino el ejercicio de poder más grande que conoce la humanidad.
Venezuela es campeón, sí, pero más allá del título, Venezuela es un testimonio vivo. Es la prueba de que cuando un pueblo se une en amor, gratitud y fe auténtica, la realidad termina obedeciendo al decreto espiritual. Este triunfo es el recordatorio de que los milagros no son excepciones, sino el orden natural para quienes caminan de la mano de Dios.
Gracias, Padre Creador, por este regalo. Gracias por usar el béisbol para recordarle a un pueblo herido que su destino es la grandeza. Porque cuando Dios camina con nosotros, no hay gigante, por muy prepotente que sea, que pueda sostenerse en pie. ¡Venezuela, tu fe te ha salvado y hoy el mundo celebra tu luz!

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