Miento yo o miente ella, ambos no podemos mentir.


Por: Ricardo Abud 

Todo iba bien. Pero no “bien” normal. No. Iba tan bien que yo ya estaba pensando en ponerle nombre a nuestros futuros hijos… y eso que apenas íbamos por el segundo café del día.

El escenario: un hotel de Caracas tan elegante que hasta los ascensores parecían tener título universitario. Mármol por todas partes, aire acondicionado polar nivel “pingüino con bufanda” y un lobby donde uno se siente automáticamente más importante… aunque debas tres meses de renta. Ahí estaba yo, caminando como si fuera dueño del lugar (cuando en realidad estaba calculando si me alcanzaba para el minibar), y ella a mi lado, hermosa, encantadora, peligrosa… pero yo todavía no lo sabía.

Yo miento bien. No es un defecto, es un don. Lo hago con la misma naturalidad con la que otros respiran o parpadean. Sin esfuerzo. Sin culpa. Con una elegancia que francamente me enorgullece. Ambos mentíamos porque somos casados, y para ese momento llevábamos tres meses en este romance clandestino. Ella mentía con igual destreza, aunque con mejor manicure. Éramos perfectos el uno para el otro, aunque ninguno de los dos lo admitiría jamás, porque admitir cosas no es nuestro fuerte. Yo llegaba a mi casa con excusas impecables y ella le decía a su marido que tenía "yoga". Ninguno de los dos hacía yoga. Ninguno de los dos tenía la menor intención de aprenderlo. Éramos, en pocas palabras, dos artistas del engaño en plena cima creativa.

Subimos al cuarto. Vista espectacular. Caracas extendida como si alguien hubiera tirado un puñado de luces sobre una montaña. Yo ya estaba convencido de que esto era cine, Netflix iba a comprar los derechos, y yo iba a salir en cámara lenta. Nos sentamos. Risas. Miradas.

—¿Tú también crees que el aire acondicionado está demasiado fuerte? —le pregunté, frotándome los brazos.
—Sí… pero el amor lo compensa —respondió ella con una sonrisa perfecta.

Error. Gravísimo error.

Entonces ella me miró. Pero no una mirada cualquiera. No. Esa mirada que viene con paquete completo: confesión, drama de telenovela que paraliza hasta a los más fuertes y probablemente un abogado en camino. Y soltó, así, en voz baja, como quien pide más hielo:

—Estoy dispuesta a dejar a mi marido por ti.

Silencio. Pero no un silencio normal. Silencio de esos que hacen eco en la conciencia, en la historia universal y probablemente en la recepción del hotel. Un silencio largo en el que pude escuchar el zumbido del aire, un perro ladrando afuera y mi propia cordura despidiéndose de mí.

Mi cerebro hizo cortocircuito: “¿Marido? ¿Qué marido? "¿Desde cuándo hay una letra pequeña en este contrato?"¿Esto era una suscripción premium y no me avisaron?” Miré alrededor buscando cámaras ocultas. Pensé que era un programa tipo: “Sorprendiendo al ingenuo del año”.

Y ahí, en ese preciso instante, me pasó algo que nunca en mi vida me había pasado. Me entró la honestidad. Así, de golpe. Sin avisar. Como la gripe, pero peor, porque la gripe al menos te da fiebre y puedes quedarte en cama. Esto me dio lucidez, que es mucho más incómodo.

Respiré hondo. Muy hondo. Tan hondo que casi me mudé al pulmón derecho. Me senté, carraspeé, sentí que algo superior me poseía, algo antiguo y terrible, y con la dignidad de un hombre que acaba de ver su vida pasar frente a sus ojos… y salir corriendo… le dije con una solemnidad que ni yo mismo me esperaba:

—No, mi amor… dos mentirosos no podemos estar juntos.

Ella me miró como quien escucha a un loro recitar filosofía alemana. En ese instante sentí que el universo me aplaudió… pero también me dijo: “Corre, campeón”.

—¿Perdón? —soltó ella, parpadeando.
—Que no —repetí, con la convicción de un hombre que acaba de descubrir la verdad universal—. Sería una relación sin futuro. Sin base moral. Sin confianza.
—¿Tú me estás hablando de confianza? —dijo ella despacio, como quien desactiva una bomba—. ¿Tú? ¿El mismo que le dijo a su mujer que tenía un congreso en la Colonia Tovar y el congreso era yo, en este hotel, con desayuno incluido?
—Exactamente por eso —respondí, imperturbable—. Yo sé lo que somos. Y precisamente porque lo sé, no podemos construir nada juntos. Sería como levantar una casa sobre arena. Pero peor. Sobre mentiras. Que es arena, pero mojada.

Ella me miró fijamente, asimilando el golpe.

—Llevas tres meses mintiéndole a tu esposa —reprochó.
—Sí.
—Y yo llevo dos años mintiéndole a mi marido.
—Correcto.
—Y tú ahora me das una lección de ética.
—Alguien tiene que hacerlo. Y hoy me tocó a mí.

Ella se quedó en silencio. Yo también. El aire acondicionado seguía congelando hasta mis decisiones pasadas. De pronto, ella agarró el bolso. Me miró una vez más. Luego agarró también las almohadas del hotel, como hace todo el mundo porque nadie sabe bien por qué pero todos lo hacen, y antes de salir se giró con una dignidad que francamente no le correspondía a ninguna de las personas presentes en esa habitación, es decir, ni a ella ni a mí.

—Tienes razón. Dos mentirosos no pueden estar juntos —sentenció.
—Gracias —respondí, genuinamente conmovido.
—Pero tú y yo no terminamos porque somos dos mentirosos.
—¿No?
—No. Terminamos porque tú acabas de decir la verdad. Y eso sí que no te lo perdono.

Salió dando un portazo que retumbó en todo el piso.

Yo me quedé ahí, solo, en un hotel de lujo con las almohadas de menos. Entonces hice lo más lógico, lo más maduro, lo más coherente que puede hacer un hombre en esa situación: agarré mis cosas… y salí del cuarto como si el piso estuviera en lava y el marido ya estuviera en el lobby preguntando por mí con una foto y un machete.

Bajé por las escaleras. ¡Por las escaleras! Porque el ascensor, con todo y su título universitario, era demasiado lento para alguien que acaba de esquivar una telenovela completa con 200 episodios y tres temporadas. Llegué a la recepción sudando frío, caliente y financiero.

El recepcionista, al verme en ese estado, me preguntó:

—¿Todo bien, señor?

Y yo, ajustándome la camisa con dignidad prestada, respondí:

—Excelente… solo vine a hacer cardio emocional.

Salí del hotel, miré al cielo caraqueño y prometí dos cosas. Primero, nunca confiar en un romance que avanza más rápido que el WiFi. Segundo, siempre preguntar antes si hay marido, novio, prometido… o sindicato. Ya que el único que debe mentir soy yo, no ella.

Desde ese día, cada vez que alguien me dice “todo iba bien”, yo reviso si hay salida de emergencia, puerta trasera… o túnel secreto. Porque en un romance de mentiras, el único error imperdonable es ser honesto. Uno aprende. A la mala… pero aprende.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

1 Comentarios