Existe una verdad incómoda que la mayoría descubrimos demasiado tarde: la mejor etapa de nuestras vidas sucede mientras estamos esperando que comience. No necesitamos que algo terrible acontezca para comprenderlo.
No hace falta perder la salud, alejarse de quienes amamos o enfrentar la muerte de cerca para que finalmente abran los ojos.
Pero la pregunta persiste, rondan en nuestras mentes como un fantasma: ¿Qué tiene que pasar para que nos demos cuenta? ¿Cuánto dolor, cuánta pérdida, cuánta ausencia se necesita para transformar la toma de conciencia en cambio real?
Vivimos en un constante estado de inconformidad. La mente nos susurra historias de escasez: nos falta dinero, éxito, belleza, reconocimiento. Nos falta la pareja perfecta, la casa de ensueño, la carrera que imaginamos. Mientras tanto, la vida real sucede en los intersticios de esa búsqueda. En el café compartido con un amigo. En la risa genuina de un hijo. En el silencio cómodo al lado de alguien que nos quiere sin condiciones.
Lo irónico es que mientras pensamos en lo que nos falta, estamos perdiendo lo que tenemos. No es una pérdida dramática; es más sutil que eso. Es la erosión silenciosa de momentos que nunca volverán. Es dejar que la salud se desmoronen mientras buscamos perfección. Es permitir que las amistades se enfríen mientras perseguimos estatus. Es envejecer a alguien que amamos sin haber notado realmente cómo de hermoso era mientras estábamos juntos.
Hay un dolor particular en la frase "ojalá fuera ayer para no haber perdido lo de hoy". Es la voz de quien finalmente comprende, pero ya es tarde. De quien miraría atrás si el tiempo funcionara así, y diría: "Ahí estaba. Todo lo que necesitaba. Y yo no lo veía."
Esta no es una frase de resignación. Es de arrepentimiento genuino. Es la expresión de alguien que entiende que la mejor etapa no llegará después. No está en el próximo logro, en la siguiente meta, en el horizonte que siempre brilla un poco más allá. Está aquí. Está ahora. Está en lo que ya tenemos.
Agradecer lo que poseemos hoy no es conformismo. No es renunciar a los sueños o abandonar la ambición. Es algo mucho más radical: es reconocer que la vida plena no es un destino al que llegaremos, sino un estado que podemos habitar en cualquier momento.
Cuando agradecemos genuinamente, no por obligación sino desde la profundidad del ser, ocurre algo. La perspectiva se reajusta. El teléfono sigue siendo el mismo, pero notamos la claridad con que captura a quien amamos. La casa no cambia, pero de repente vemos el milagro de tener un techo y paredes que nos protegen. La salud continúa siendo la misma, pero somos conscientes de cada respiración, cada movimiento, cada sensación de estar vivo.
No deberíamos necesitar que suceda algo terrible para comprender que estamos viviendo un milagro. No hace falta que el médico pronuncie una sentencia de muerte, que la despidan del trabajo, que se vaya quién amamos para despertar. Eso es vivir en negación permanente. Es sacrificar el presente en el altar de la enseñanza futura.
La vida ya es un milagro. Que nuestro corazón siga latiendo es estadísticamente improbable. Que encontremos a personas que nos amen sin merecerlo, que compartamos risas que no cuestan nada pero valen todo, que podamos sentir el sol en la piel: estos no son accidentes. Son el tejido mismo de la existencia.
Hay algo profundamente sabio en dirigirse a uno mismo como al niño que fuimos. A ese yo interior que aún cree en la magia, que todavía siente la vida en su estado puro. Ese yo que ríe fácil, que se maravilla sin cinismo, que no ha aprendido aún a medir su felicidad en ausencias.
¿Qué le diríamos a ese niño si pudiéramos? Probablemente algo como esto: "Disfruta. La vida se pasa rápido. Quiere a la gente. Nota los pequeños detalles: cómo se ve la luz en el cielo al atardecer, cómo huele la lluvia, cómo te sientes cuando alguien te abraza sin prisa. Eso es lo importante. Eso es todo lo importante."
No necesitamos esperar a que las cosas cambien para cambiar nosotros. No necesitamos una crisis para despertar. Podemos elegir esto ahora. Podemos elegir ver, realmente ver, lo que ya tenemos. Podemos elegir la gratitud antes de que sea tarde. Podemos elegir disfrutar la vida no porque sea perfecta, sino porque es real, porque es nuestra, y porque no sabemos cuándo termina.
La mejor etapa de nuestras vidas no está esperando en el futuro. Está ocurriendo. Está sucediendo mientras lees esto, mientras respiras, mientras sigues adelante. La pregunta no es qué tiene que pasar para que te des cuenta. La pregunta es: ¿Qué vas a hacer ahora que podrías estar dándote cuenta?
Agradece. Mira. Siente. Disfruta los últimos detalles de cada día. Porque eso, hermano, eso es la vida. Y es un milagro.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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